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Cruce

Crossroads

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Daniel acaba de sufrir un desengaño amoroso. Toda su vida se ha visto trastocada y necesita huir de su pasado para encontrar un nuevo comienzo. Un Erasmus en Irlanda es la primera piedra de un camino nuevo que se abre a sus pies. Ana es enfermera en Nigeria, pero debido a la escalada de violencia que sufre la zona, se ve obligada a irse de allí y volver a España, dejando en África algo más que un trabajo. Ambos van encontrando poco a poco su sitio y consiguen rehacer sus nuevas vidas dejando atrás su pasado. Pero la vida no les deja acomodarse y parece querer deshacer de un bandazo todo lo reconstruido, obligándoles a volver de nuevo al punto del que habían huido, situado exactamente en un cruce inesperado.
SpanishNotes
Soy española nativa y licenciada en traducción e interpretación. Soy traductora de inglés y he estudiado el idioma a lo largo de muchos años. También he vivido durante algunos periodos de tiempo en países angloparlantes y actualmente trabajo en inglés. Para asegurar una traducción al inglés lo más natural posible, mi traducción ha sido revisada por Karisa Austin, hablante nativa.
Clara Lairla
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Suena la señal de partida de un nuevo vuelo.

«Atención, pasajeros del vuelo JL9875 con destino Dublín procedan a embarcar por la puerta A28» anuncia la voz metálica y monótona del megáfono.

Y allí estaba yo, con una maleta en cada mano, dispuesto a dar un giro a mi vida con rumbo a Irlanda. Dispuesto a empezar de cero, a dejarlo todo atrás.

Los últimos meses habían sido complicados y me habían llevado a tomar la decisión de irme a estudiar lo más lejos posible de mis problemas, en este caso a una pequeña universidad de Limerick.

Ya en verano me pareció que se me caía el mundo a los pies cuando mi novia me dijo que había conocido a otra persona y que no podía continuar con nuestra relación.

Después de tantos años... habíamos empezado juntos a la vez que entrábamos en la adolescencia y ella siempre había sido «mi chica».

No quise saber más. No habría soportado oír más. Me mudé a otro piso en el lado opuesto de la ciudad y crucé los dedos para no encontrármela nunca por ahí.

En la universidad, nada más comenzar el curso, vi abierta de par en par la ventana de mi salvación: Erasmus. Así que solicité la beca para irme a continuar mis estudios a Irlanda en enero.

Normalmente no conceden las becas con tan poco tiempo de margen, pero parece ser que el camino de mi destino pasaba por Limerick, porque un estudiante renunció a su plaza, dejándomela libre a mí.

Y allí estaba yo. Le entregué mi billete a la azafata y subí al avión. Me senté en mi asiento y suspiré profundamente. El avión despegó.

A mis pies quedaban las nubes, como un mar de espuma, y al frente, el futuro desconocido que me tendía una mano para ayudarme en la huída.

Me puse a repasar los últimos acontecimientos y una lágrima silenciosa resbaló por mi mejilla.

Me la sequé rápidamente con la manga. Recordé cómo mis amigos me habían dejado de lado cuando pasó todo, poniéndose incomprensiblemente del lado de mi ex.

De repente me vi absolutamente solo. Volví a experimentar esa sensación de decepción y rabia en el pecho. Era un dolor tan profundo que sacudí la cabeza para quitarme esos recuerdos.

«No, Dani, sé fuerte» me dije, «en este preciso instante estás comenzando una vida nueva. Estos recuerdos se pierden aquí.

>>El pasado va a saltar ahora mismo del avión sin paracaídas y se va a estrellar entre España e Irlanda, en medio del océano, donde nadie, nunca, pueda volver a encontrarlo».

Llamé al timbre de la puerta. Por fin, después de muchas horas de viaje, había llegado a mi nuevo hogar: una de esas casas de urbanización estrechas, todas iguales, con un pequeño jardín en la parte trasera y un interior forrado de moqueta.

—Hola. —Me abrió la puerta un pecoso pelirrojo.— Supongo que eres Daniel. —Sí. —Respondí tendiéndole la mano, que él me estrechó.

—Encantado, pasa. Yo soy Mike, te pusiste en contacto conmigo. —Sí, sí, ya recuerdo. —Entré a duras penas con las maletas por la estrechísima puerta.

Mike me guió hasta mi habitación, que estaba en el segundo piso. Mientras tanto me puso al día:

—Ahora mismo estoy solo en casa. Supongo que los demás no tardarán mucho en llegar, porque es tarde ya y mañana todos tenemos que ir a clase.

>>Pero te explico, por si acaso no recuerdas, en total somos seis. Además de tú y yo, hay dos chicas: Giselle, de Alemania y Michelle, de Francia; y dos chichos: Dan, que es de Holanda y Alessandro, italiano.

Mis ojos se abrieron como platos: —Wow... ¿tenemos espacio para tanta gente aquí?

La casa era realmente estrecha, parecía todo escaleras, y no daba la impresión de que pudiera caber tanta gente viviendo en ella. Mike rió:

—No te preocupes. Tienes tu propia habitación. Aquí está, voilá. —Y acompañó sus palabras con un gesto de la mano. Ante mí se encontraba mi habitación. Pequeña pero acogedora.

—Lo cierto es que Dan y Alessandro comparten una misma habitación. Pero lo que todavía no has visto es que hay otro piso arriba. Hay más espacio del que parece.

>>Eso sí, te recomiendo que tengas paciencia para usar el baño (sobre todo si te toca levantarte a la vez que las chicas) porque sólo hay dos.

>>Y que busques un buen momento para cocinar en el que no haya over-booking o que comas en la universidad, porque si coincides con todos la cocina parece un campo de batalla...

—Tranquilo, llevo horario español, supongo que no tendré problemas. —Dije sonriendo.

Aunque en realidad por dentro comenzaba a asustarme un poco y a dudar de si lograría tener algo de espacio personal durante aquellos meses.

Cuando terminó la visita guiada me dejé caer con todo mi peso sobre la cama. «Dios mío. ¡Qué difícil va a ser esto! Y qué poco inglés sé. ¡No domino en absoluto el idioma!» pensé.

Dentro de un rato tendría que enfrentarme a cinco desconocidos en otro idioma que conocía menos de lo que había pensado.

Y, lo que es peor, a la mañana siguiente tendría que enfrentarme a muchos más desconocidos, a clases en inglés, a otros extranjeros que ya habían cerrado sus grupos de amigos porque ya llevaban viviendo allí meses...

¡Qué pereza! Afortunadamente, lo que yo todavía no sabía es que aquella decisión, aquella experiencia que esperaba a mis pies, había sido el mejor de los caminos que podía haber tomado.

Pasaron las semanas mucho más rápido de lo que esperaba y, para cuando me quise dar cuenta, ya hablaba inglés sin problemas serios de comunicación.

Ya había hecho amigos en la universidad, mis compañeros de piso se habían convertido en mis mejores amigos y había aprendido a olvidar los tristes motivos que me habían empujado a esta nueva vida.

He de reconocer que era la primera vez que vivía fuera de España y que me sorprendió mucho cómo, al estar lejos de casa, el tiempo parecía encapsularse en una burbuja que permanecía inmóvil, estática.

Apenas conocía aquel lugar y a aquella gente desde hacía un par de meses y sin embargo me parecían conocidos de toda la vida, todo me resultaba ya familiar.

La casa, y sobre todo la cocina, es cierto que resultaba caótica.

Siempre había platos y ollas sucias en el fregadero, normalmente faltaban los vasos limpios y muchas veces al ir a sentarte en el sofá te pinchabas el culo con algún tenedor oculto y olvidado por ahí.

No negaré que todo aquello desencadenaba pequeñas peleas entre nosotros, pero al final todo se resolvía con unas cervezas. Aunque éramos todos muy distintos, en el fondo nos parecíamos bastante.

Fue aquella noche, en aquella fiesta, donde me di cuenta de que no todos mis sentimientos hacia mis nuevos amigos eran los mismos.

Allí, a unos metros de mí, hablaba alegremente con unas amigas junto a la barra que Mike había improvisado cerca de la piscina, bajo el porche.

En una mano sujetaba un cóctel y con la otra gesticulaba graciosamente mientras contaba alguna anécdota.

Llevaba un vestido largo azul a juego con sus ojos y una chaqueta negra de algodón para taparse del frío.

Comenzaba la primavera y aún no hacía calor, pero aquella noche desde luego habíamos tenido mucha suerte ya que soplaba una brisa cálida inusual para aquella época.

Michelle terminó su explicación y, aún riéndose, giró la cabeza hacia la izquierda y sus ojos fueron a dar de lleno con los míos.

Me sobresalté y aparté la mirada, tratando de disimular. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Ya era demasiado tarde. Se disculpó ante sus amigas y comenzó a andar hacia mí. Mi estómago se revolvió. Supongo que eran las mariposas que tenía dentro revoloteando.

Se acercó sonriendo y le dio un trago a su cóctel. —Hola Dani. ¿Qué tal? ¿Te está gustando la fiesta?

—Sí. ¡Es estupenda! Hemos tenido mucha suerte de que los padres de Mike se fueran de viaje esta semana. ¡Tienen una casa enorme!

—Realmente preciosa. —Dijo ella sin dejar de mirarme a los ojos. Aquella mirada me paralizaba.— Aunque sería perfecto que fuera verano y pudiéramos bañarnos en la piscina.

Le dio otro sorbo a su copa sin parpadear ni apartar su mirada de la mía. Sí, decididamente para mí Michelle no era una más.

Y comenzaba a darme la impresión de que para ella yo tampoco era como los demás. Traté de ocultar mi turbación.

—Sí, sería perfecto darnos un baño nocturno. —Hice una pausa, sin saber muy bien qué decir. ¡Por Dios! ¿Qué estaba pasando? Michelle seguía mirándome fijamente a los ojos.

Me pareció que incluso se había acercado más a mí sin que yo me diera cuenta. Empecé a sentirme un poco mareado y me di cuenta de que iba ya un poco borracho.

Mi experiencia ligando con chicas era prácticamente nula, así que me puse nervioso y opté por seguir hablando, de cualquier cosa.

—Esto... ¿has visto a Alessandro por aquí? Me dijo que vendría a la fiesta y no le he visto todavía.

—Ssshhh... —Michelle me puso un dedo en los labios para que me callara. Desde luego no era la reacción que habría esperado de ella.

Se tambaleó un poco al moverse para acercarse más a mí. Ella también iba borracha. —Deja de decir tonterías. A veces es mejor no hablar...

De modo que me callé. Ella puso su mano izquierda en mi nuca y me aproximó suavemente hacia sí. Con su beso me pareció sumirme en un sueño. En un sueño blando y húmedo, emocionante...

Entonces empezó todo a darme vueltas y tuve que separarme de sus labios. —Michelle, perdona, yo... estoy confuso.

—Lo sé, lo siento Dani. Quizás he sido demasiado directa, no quería forzarte, pensaba que tú también...

—Sí, no, sí, o sea... —Le interrumpí. —Yo también quiero. Es decir... me gustas mucho. Eres preciosa, me encanta hablar contigo...

No pude acabar la frase. Justo en ese momento se acercó Alessandro. —¡Ey, chicos! ¿Qué tal va la fiesta? No se dio cuenta de lo que acababa de interrumpir.

Michelle se sobresaltó del susto y no disimuló su disgusto. —Bien. Precisamente me extrañaba no haberte visto aún por aquí. —Respondí tratando de disimular mi confusión.

—He llegado hace ya un buen rato con dos amigos. Pero estábamos dentro en una de las habitaciones. Ya sabes, a estos tíos les gusta acompañar el alcohol con algo de guarnición —Nos dijo Alessandro guiñándonos un ojo.

Michelle y yo hicimos un gesto de desaprobación. —No entiendo cómo puedes juntarte con esa gente. Siempre te están causando problemas ¿no? —Le dijo Michelle.

—Además, no creo que a Mike le guste que haya gente metiéndose rayas en la habitación de sus padres.

Alessandro abrió la boca para protestar pero tuvo que cerrarla rápidamente porque empezaron a oírse gritos en la piscina.

Uno de los amigos de Alessandro, totalmente fuera de sí, le gritaba a otro chico al que no conocíamos a la vez que le daba empujones.

Ambos estaban en el bordillo de la piscina y la gente, nerviosa, empezó a acercarse a ellos para ver qué estaba pasando.

—¿¡Cómo me has llamado!? ¿¡Cómo!? —Le gritaba el amigo de Alessandro al otro chico entre un empujón y otro.

—¡Pero que me dejes en paz! ¿De qué vas? El chico trataba de zafarse de los empujones, pero éstos no cesaban, acompañados de una retahíla de insultos.

Finalmente el chico, cansado de recibir tanta vejación, respondió con un contundente puñetazo en la cara del amigo de Alessandro que lo mandó directo al fondo de la piscina que, afortunadamente, estaba llena.

Todos nos acercamos corriendo al borde de la piscina, esperando verle salir todavía más enfurecido. Pero los segundos pasaban y su cuerpo sumergido no asomaba del agua.

Al final, el mismo chico que le había pegado el puñetazo se lanzó al agua para sacarlo de la piscina. El amigo de Alessandro estaba inconsciente y con convulsiones.

—¡Que alguien llame a una ambulancia! ¡Rápido! ¡¡Una ambulancia ya!! Aquel incidente arruinó toda la fiesta y los ánimos de la gente.

Después de que la ambulancia se llevara al amigo de Alessandro, acompañado del propio Alessandro, Mike me pidió que le ayudara a echar a la gente de su casa y a cerrar la fiesta.

La ambulancia había llamado la atención de los vecinos y no quería que luego se quejaran a sus padres. Michelle se acercó a mí con cara triste.

—Mike, me voy a ir a casa. Las amigas que me han traído se van ya y tengo que irme con ellas en su coche.

—Ve, tranquila. Yo me voy a quedar para ayudar a Mike a recoger todo esto. Dan se queda también con nosotros. Seguramente hoy durmamos aquí.

Vi en su cara la decepción y un gesto de súplica. Pareció dudar antes de decírmelo: —Y... ¿y nosotros? Sonreí y le cogí ambas manos.

—Michelle. Mañana. Al fin y al cabo vivimos juntos. Ella también sonrió y volvió a besarme, esta vez más suavemente, con más calma. Después simplemente se dio la vuelta y se fue.

Las semanas que siguieron fueron como un sueño.

La primavera avanzaba, los oscuros días irlandeses cada vez eran más largos y menos grises, Michelle y yo comenzamos a compartir abiertamente algo más que una simple amistad y el verano se aproximaba.

Fueron realmente aquellas semanas primaverales las que me ayudaron a sanar mis heridas del pasado.

Los primeros días compartiendo besos con Michelle me resultaron un poco dolorosos, ya que irremediablemente me traían recuerdos de mi última y única relación sentimental.

Pero conforme pasaban los días, los ojos y la sonrisa de Michelle consiguieron que todo aquello resultara nuevo, fresco y único para mí.

Antes de aquella noche de la fiesta, ya le había confiado a Michelle todo mi pasado, de modo que conocía mis cicatrices. Con ella podía hablar de todo, excepto de lo que estaba pasando entre nosotros.

Creo que ambos fuimos felices durante esos meses, pero ninguno de los dos se atrevió nunca a nombrar aquello que flotaba en el aire cuando estábamos juntos.

—¿Ya sabéis qué vais a hacer este verano? ¿Vais a volver en septiembre? —Mike rompió el aburrido silencio de aquella lluviosa tarde de junio.

— Sé que Dan se queda todo el verano aquí conmigo y que va a continuar en esta universidad para empezar el doctorado.

>>Y Alessandro se va en verano pero vuelve también en septiembre para el máster. Pero los demás todavía no me habéis dicho qué vais a hacer.

Era domingo, hora de la siesta. Era el típico domingo en el que no hay que hacer otra cosa más que quedarse en casa. El día estaba muy oscuro, el cielo absolutamente cerrado y llovía a cántaros.

Estábamos todos tirados en los sofás del salón, prácticamente unos encima de otros, ya que no había sitio para todos.

La televisión emitía su zumbido monótono a un volumen muy bajo que nos sumía a todos en una especie de sopor. Todos nos sobresaltamos cuando Mike habló.

Me incorporé un poco apartándome de encima las piernas de Michelle y aplastando un poco sin querer el brazo de Dan. Expuse mis planes:

—Perdona, Mike. Sé que necesitas saberlo para el alquiler. No te había dicho nada todavía porque no es del todo seguro aún, pero tengo intención de pasar aquí todo el verano.

>>Y he pedido a la universidad que alargue mi Erasmus para poder estudiar aquí durante unos meses más.

>>Me han dicho que seguramente me lo concederán, pero estoy pendiente de que me lo confirmen. Así que en principio puedes contar con mi compañía. Mike sonrió.

—¡Bien! Siempre es agradable contar con amigos para el verano. ¿Y vosotras, chicas? ¿Ya sabéis algo de la universidad de Dublín? —Añadió Mike dirigiéndose a Giselle y Michelle.

«¿¡Cómo!? ¿Qué universidad de Dublín?» Michelle no me había contado nada sobre ninguna universidad de Dublín.

Y en ese momento ella se dio cuenta de mi sorpresa y me miró con cara de «es cierto, lo siento, tenemos que hablar» antes de decir:

—No, todavía no sabemos nada. Estábamos pensando en viajar las dos este fin de semana a Dublín, porque tenemos que entregarles unos papeles para ver si nos aceptan.

—Sí. Parece que están teniendo unos problemas con el traslado de matrícula y tenemos que ir en persona para llevarles unos documentos y hablar con el rector.

>>Por lo visto, si lo de los papeles se complica, no podrían aceptarnos y tendríamos que seguir aquí al año que viene. —Continuó Giselle.

—Vaya, lo siento, chicas. Sé lo mucho que os importa a las dos estudiar en esa universidad. Espero que tengáis suerte.

«De modo que Michelle tiene intención de mudarse a Dublín el curso que viene» pensé, «¿y no pensaba decírmelo?».

Yo era consciente de que no habíamos definido lo que estaba pasando entre nosotros y de que no habíamos hablado nunca del futuro, ni siquiera de un futuro tan próximo como lo era ese mismo verano.

Aunque reconozco que yo había estado convencido de que Michelle seguiría allí al año que viene, toda para mí.

Como las cosas suelen pasar así en la vida, todo lo importante al mismo tiempo y sin previo aviso, en ese instante sonó el teléfono, y era para mí.

Mike, que había respondido, me pasó el auricular. —¿Sí? Al otro lado, una voz muy conocida me devolvió la pregunta. —Dani, ¿eres tú?

Me empezaron a temblar las piernas y me mareé un poco. Cogí aire. La voz que, viajando miles de kilómetros, asomaba a Irlanda por aquel auricular era, nada más y nada menos, que la de mi ex, Isabel.

Me quedé mudo, pálido. Me temblaba la voz. ¿Aquello estaba pasando realmente? —Sí, soy yo. ¿I... Isabel?

Se me agolpaban las emociones en el pecho y se me hizo un nudo en la garganta. Rabia, tristeza, odio, melancolía, amor... Todo se me mezclaba en el estómago como un cóctel molotov.

—Sí. Dani, escucha, lo siento. —Su voz sonaba también entrecortada. Se paró en seco y le escuché coger aire.— Ay, Dios mío... —Me pareció que sollozaba.— Dani, no sé cómo decirte esto. ¿Estás... estás sentado?

Me asusté muchísimo. Mil cosas pasaron por mi mente. —Sí, estoy sentado.

—Pfff... Dani, lo siento mucho. Sé que me he portado fatal contigo, y que es muy injusto que durante todo este tiempo yo no... yo no... Ay... joder, Dani, perdóname...

Comencé a ponerme nervioso. —Isabel, pero dime qué pasa. Al otro lado del auricular, Isabel volvió a coger aire, y esta vez lo soltó de sopetón.

—Que estoy embarazada. —¿¿Cómo?? —Pues eso, Dani, que estoy embarazada.

—¿Y es...? —Sí, es tuyo. Entonces mi ira y mi rencor aumentaron.

—¿¡Cómo puedes saber si es mío!? ¡Será de tu novio! —No, no, Dani, escucha. Hazme caso, sé que es tuyo. ¿Recuerdas aquella noche, nada más comenzar el curso?

Sí que la recordaba. Al comenzar el curso, me había encontrado una noche con Isabel por casualidad en un bar.

Todavía hacía poco que habíamos roto, aunque ella en teoría ya debía estar con su nueva pareja, pero el alcohol nos traicionó y acabamos en mi cama rememorando viejos tiempos.

Tras aquella noche no había vuelto a verla ni a saber de ella. Se me cayó el mundo a los pies. Quería que me tragase la tierra. Al final contesté, con un hilo de voz.

—Sí, la recuerdo. —Creo que fue entonces, Dani.

—Pero Isabel, esto es una locura. ¿Cómo puedes saber que es mío y no...? Me interrumpió:

—Dani, escúchame. Sé que te resultará todo increíble, pero te explicaré las cosas mejor en persona. Hazme caso. Lo siento mucho, pero tú eres el padre.

—Y ¿por qué... por qué me lo cuentas ahora, Isabel? —Comencé a ser consciente de lo que estaba pasando y del tiempo que había transcurrido desde aquella maldita noche de otoño.

—Haz cálculos. Salgo de cuentas dentro de una semana. No tuve valor para decírtelo hasta ahora. Soy una cobarde y una egoísta, lo sé. —Su voz sonó llorosa otra vez.— Pero no podía ocultártelo para siempre. Sé que es tarde, lo siento...

—Está bien. Ya basta. Iré. Iré en unos días. Enfadado, ciego por la rabia, colgué el auricular.

Mis compañeros, que habían seguido los cambios de mi cara durante la conversación, me miraban preocupados.

Michelle me cogió una mano. La solté y sin decirle nada a nadie subí a mi habitación. Necesitaba estar solo. Michelle se iba. Yo iba a ser padre.

Michelle tuvo suerte de que acabara de enterarme de sus planes de futuro, porque toda mi rabia se concentró en Isabel.

Me enfadaba muchísimo que Isabel me hubiera ocultado algo tan importante durante tiempo, pero además de eso, comenzó a dolerme de nuevo todo el pasado.

Me di cuenta de que, gracias a Michelle, había conseguido olvidarme de Isabel. Había conseguido superar un poquito los problemas del pasado.

Había conseguido suturar mis heridas y ahora, con su llamada, con su voz, se me habían soltado todos los puntos. Y dolía. Suspiré y me sequé las lágrimas.

Al fin y al cabo, ahora mismo ya no quedaba más que una opción: viajar inmediatamente a España para conocer a mi hijo o hija y toda la historia que Isabel tuviera que contarme.

De modo que encendí el ordenador y me dispuse a comprarme un billete de avión para dentro de tres días.

Pensé que, después de tanto intentar huir, la vida me enviaba irremediablemente de vuelta al lugar del que había tratado de escapar, al lugar en el que todo había empezado.

Confiaba en que fuera por poco tiempo.

Michelle se había marchado el día anterior a Dublín y la verdad es que apenas habíamos hablado de nada.

Nos despedimos sin saber realmente cuándo íbamos a volver a vernos ni cuáles serían nuestras situaciones cuando eso sucediera.

Decidimos despedirnos con un «hasta pronto y mucha suerte» y con un beso muy largo que no quería marcharse.

Me encontraba casi en la puerta de casa, con las maletas preparadas cuando volvió a suceder.

Cogí el teléfono: —¿Sí? Al otro lado, de nuevo, una voz demasiado familiar.

Esta vez no se trataba de Isabel, ni la voz sonaba nerviosa y en cierto modo emocionada, sino más bien hundida, profundamente triste.

Era el que había sido siempre mi mejor amigo, del que hacía casi un año que no sabía nada. De nuevo las noticias eran intensas: —Verás Dani, Isabel se puso de parto esta madrugada.

—¡Dios mío! ¡Qué oportuno! ¡Justo estoy saliendo por la puerta, vuelvo ahora a España!

—No, no... Es que, en realidad... —Suspiró. Buscaba las palabras para decirme lo que tenía que decirme.— Verás, eh... el parto se complicó.

—¿Cómo que el parto se complicó? ¿Pero están bien? —No, Dani. Lo siento.

—¿Qué quieres decir? —Lo siento mucho, Dani. Han fallecido ambas.

¿Ambas? O sea, era una niña... ERA.... oh, Dios mío... comenzaba a darme cuenta de lo que acababa de escuchar. Comencé a marearme. Me tumbé en el suelo para no desmayarme.

A mi lado, el auricular del teléfono quedó colgando del cable y repitiendo: «¿Dani? ¡Dani! ¿Sigues ahí? ¿Estás bien?» hasta que se cansó de no obtener respuesta y colgó.

Había mucha gente en el funeral. Casi todo caras conocidas. Se me agolpaba demasiado dolor en el pecho: pasado, presente... No podría describir con palabras la sensación.

Ahora que había desaparecido para siempre de la faz de la tierra; ahora que ya sólo podría vivir en los recuerdos e historias de los que quedábamos vivos; ahora me parecía volver a amarla, como si todo el odio se disipara de repente.

Y en cuanto a la que casi había llegado a ser mi hija, ¿qué decir? Hacía tan sólo tres días que me había enterado de su existencia y ahora volvía a no existir. Parecía una broma de mal gusto.

El reencuentro con mis amigos fue muy incómodo y confuso. Entre lágrimas y miradas que pedían perdón nos abrazamos todos, sin intercambiar demasiadas palabras.

Pero fue a partir de ahí cuando, poco a poco, comenzamos a reconciliarnos y a olvidar todas las cosas que habíamos hecho mal.

Aquel día, en el funeral, me presentaron a una chica que había comenzado a ir con ellos más o menos desde que yo me fui.

—Ana. Encantada. —Me dijo cuando nos presentaron.— Lamento mucho que nos conozcamos en estas circunstancias.

Sus ojos estaban hinchados y rojos, sumidos en dos cuevas ojerosas. Me sorprendió lo afectada que estaba, teniendo en cuenta que tampoco debía de hacer demasiado tiempo que conocía a Isabel.

Tenía un aspecto demacrado y derrotado, y algo en ella que me hizo sentir curiosidad. No sé si sus gestos, o esa mirada tan intensa, como si tratara de ver dentro de mí.

—Miguel, ¿me alcanzas por favor el gotero? —Aquí tienes.

Monté el gotero y cuando terminé con el paciente me giré hacia Miguel, que anotaba algo en ese momento en su cuadernillo.

Me dejé caer en una silla junto a él. —Es terrible... —Suspiré. Miguel bajó su cuadernillo y miró compungido a nuestro alrededor.

Por la puerta de aquel pabellón del hospital no dejaban de entrar y salir camillas con heridos. Boko Haram había atacado de nuevo la zona, dejando infinidad de muertos y heridos a su paso.

Éramos el hospital más cercano, así que nos había tocado una vez más atender a todo el horror que provocaban.

—Resulta terriblemente doloroso ver de lo que son capaces esos hombres. —Dijo él sin dejar de mirar las camillas infestadas de dolor.

—Hombres quemados, niños mutilados, mujeres violadas... No sé, Ana, no sé si podré aguantar esto durante mucho más tiempo.

Le miré preocupada. Si Miguel se iba los demás nos quedaríamos muy desamparados.

Miguel era el médico más veterano del grupo, y tenía un carisma y un liderazgo que nos había sacado de más de un apuro en aquellas circunstancias normalmente tan difíciles.

Pero lo cierto es que le comprendía. Le comprendía perfectamente. Bajé la mirada y le dije:

—Lo sé. Te comprendo. Yo también lo he pensado mucho últimamente. Aunque me sentiría muy mal abandonando a esta gente.

Entonces Miguel me miró a los ojos.

—Sabes muy bien que a mí tampoco me gusta abandonar. Pero empiezo a temer que si no salgo pronto de este horror, lo que estaré haciendo es abandonar mi propia vida.

Dicho esto se dio media vuelta y se fue a atender a un nuevo herido que llegaba desangrándose. Necesitaba aire. Me fui por la puerta trasera a fumarme un cigarrillo.

Le di una calada y exhalé intensamente, como intentando fundirme en el aire con el humo de mi cigarro y volar muy lejos de allí. Cerré los ojos muy fuerte y una lágrima resbaló por mi cara.

Hacía dos años que había terminado mis estudios de auxiliar de enfermería en España y había venido a Nigeria para trabajar con una ONG.

Mi primer destino fue en la capital, donde conocí a Samuel, un enfermero que llevaba ya cinco años trabajando por África como voluntario.

Junto a él aprendí a vivir en un lugar tan difícil, a no perder la cabeza y a encontrar en Nigeria mi nuevo hogar.

Pasados unos meses me destinaron a mí a otra ciudad más pequeña del sur y como ya no sabíamos estar el uno sin el otro, él vino conmigo.

Pasado un tiempo nos mudamos otra vez al pueblo en el que estábamos en este momento. Un pequeño lugar apartado del mundo. O al menos así nos habíamos sentido hasta ahora.

Hacía cierto tiempo que los hombres de Boko Haram habían avanzado hasta esta zona, comenzando a acosar a la población y a apoderarse de los pueblos de alrededor.

El gobierno nigeriano enviaba al ejército y a la policía para protegernos de aquellos hombres, pero nada parecía frenar su avance y la situación era cada vez más peligrosa.

Muchos compañeros voluntarios de diferentes países habían ido abandonando poco a poco sus puestos para irse del país.

Como nadie venía a reemplazarles, nosotros teníamos cada vez más trabajo.

Terminé mi cigarrillo y, resignada, cogiendo aire y valor, volví a entrar al hospital para tratar de deshacer al máximo lo que Boko Haram había hecho.

Amanecía una mañana húmeda. Ya asomaba el sol tímidamente entre las copas de los árboles de la selva que se extendía alrededor del pueblo.

Salí aún medio dormida al exterior para estirarme y respirar el aire fresco. Sólo se oían los gritos de los monos y los pájaros. Cerré los ojos y respiré profundamente, levantando la cabeza hacia el cielo.

De repente unos brazos me abrazaron por detrás. Me sobresalté, aunque ya sabía quién era. —¡Ay! No he oído tus pasos.

Samuel me besó en el cuello apretándome contra sí mismo. —Buenos días, preciosa. ¿Qué tal has dormido?

—No muy bien, la verdad. He tenido muchas pesadillas esta noche. Me giré y nos miramos a los ojos. —Pesadillas por... ¿lo de ayer?

Bajé la mirada al suelo. —Sí.

—Ana, escucha, sé que resulta difícil, pero tenemos que aguantar. Esta gente nos necesita. Sabes que hay muy poco personal y...

—Ya lo sé, Samuel, ya lo sé —le interrumpí. Nos quedamos los dos en silencio y él me cogió suavemente de la barbilla para que volviera a mirarle a los ojos.

—¿Entonces? Noté cómo las lágrimas se asomaban a mis ojos y se me hacía un nudo en la garganta. Aparté la mirada girando la cara.

—Creo que no puedo más... Samuel no sabía qué decir. Se hizo un largo silencio, durante el cual traté de calmarme y secarme las lágrimas. Al final continué:

—Verás, ayer estuve hablando un poco con Miguel y... tiene razón. Sé que estamos desempeñando una gran labor.

>>Bueno, sé que sólo estamos aportando un granito de arena y que nadie notará al otro lado del mundo las vidas que nosotros salvamos aquí.

>>Nadie sabe de nuestra existencia, pero hemos hecho mucho en estos dos años que yo llevo en Nigeria. Y créeme, si aún sigo aquí es por esa razón.

>>No cambiaría nunca por nada este tiempo que he estado aquí. Pero temo que si no me voy de Nigeria ahora;

>>que si no abandono este horror antes de que las pesadillas por lo que veo cada día me persigan cada noche durante el resto de mi vida, entonces lo que estaré haciendo es abandonarme a mí misma.

Hice una pausa. Samuel tomó mi cabeza y la estrechó contra su pecho, besándome en el pelo.

—Samuel, esto cada día está peor. Los actos inhumanos de Boko Haram que veo cada vez más a menudo me están afectando mucho. Creo que no soy tan fuerte como tú. Lo siento.

Tras decir esto no lo pude evitar y me eché a llorar. Me frustraba no ser lo suficientemente fuerte.

Me frustraba ser consciente de que tenía que abandonar y huir de aquel lugar si no quería volverme loca para siempre.

Y me frustraba saber que Samuel se quedaría ahí y nos separaríamos para siempre.

—Sshh... —Me besó y trató de tranquilizarme.— Tranquila, Ana, no eres menos fuerte por eso. De hecho, eres una mujer increíblemente fuerte.

>>La mayoría de la gente no habría venido hasta aquí para hacer lo que estamos haciendo y de los que hubieran venido, más de la mitad se habrían vuelto a su casa rápidamente.

>>Yo... Ana, yo soy un caso perdido, ya lo sabes. —Me miró con una sonrisa triste.— Yo ya no tengo hogar, no tengo a dónde volver, no tengo patria. Llevo quince años viajando por el mundo y ya no conozco otra manera de vivir.

>>Si no produzco adrenalina, siento que enfermo. Si no siento en mis manos el poder de estar salvando vidas, siento que muero.

>> Si no lucho contra algo, siento que exploto por dentro. —Permanecimos unos segundos mirándonos tristes a los ojos. Asimilamos lo inevitable.

.—Yo ahora mismo no puedo irme de aquí, lo siento. Lo siento en el alma, y lo sabes. Pero, por el contrario, quizás tú sí debas irte. No quiero que la Ana que conozco deje de existir. Sería demasiado injusto para nuestro mundo.

Así, improvisadamente, comenzó nuestra triste despedida en aquel amanecer tan desolador.

Tras aquella conversación llegaron más días de sangrientos ataques, y si antes ya cabía poca duda sobre mi decisión, ahora estaba ya más que claro.

Hice mis maletas y unas semanas más tarde me encontraba subida a un avión rumbo a España.

¡Otra vez de vuelta a España! Me costaba creer mi presente. En esos momentos sobrevolaba aún tierra nigeriana. A mis pies dejaba todo lo que había constituido mi mundo durante dos largos años.

Dos años que, a pesar de todas las dificultades, seguramente habrían sido los dos años más plenos de mi vida.

La despedida con Samuel había sido muy dolorosa. Ambos sabíamos que seguramente no volveríamos a volver a vernos en la vida.

Estábamos tomando rumbos muy diferentes y, aunque los caminos de la vida muchas veces se encuentran en cruces inesperados, las posibilidades de un futuro reencuentro eran mínimas.

—Gracias. —Me había dicho él sujetando mi cabeza contra la suya con ambas manos y lágrimas en los ojos.— Gracias por todo, Ana. Gracias por compartirte conmigo todo este tiempo.

Yo, con mis ojos derramándose como ríos, le respondí con la voz quebrada: —No me olvides, por favor.

—No lo haré. Un beso, un abrazo y huí. Me alejé de él lo más rápido que pude para no prolongar más aquella despedida tan desgarradora.

Lloré mucho en aquel avión. Lloré por todos mis esfuerzos en los hospitales, que ahora, un tiempo más tarde, parecían no haber servido para nada.

Y lloré por todo lo que dejaba atrás, no sólo por Samuel, sino también por toda la gente maravillosa que había conocido en aquel viaje y a la que seguramente no volvería a ver nunca más.

Lloré también por mi cobardía, por huir y dejar atrás el amor. La vuelta a España me resultó bastante dura.

Como no tenía ahorros ni trabajo, tuve que volver a vivir en casa de mis padres, y aquello, sumado a mi decepción por haber vuelto con el rabo entre las piernas y a lo muchísimo que echaba de menos a Samuel, me sumió en una tristeza crónica.

Al principio, mi comunicación con Samuel era bastante fluida. Me escribía e-mails en los que me contaba cómo iban desarrollándose las cosas por allí y en los que me repetía lo mucho que me añoraba.

Pero poco a poco ese flujo de conversaciones comenzó a menguar hasta que un día, finalmente, desapareció para siempre.

Por fin diciembre me sorprendió con un trabajo; enero, con la amistad; y febrero, de nuevo con el amor.

Encontré un trabajo sencillo como dependienta en una tienda. Nada definitivo, simplemente algo para tener unos ingresos hasta que encontrara un trabajo relacionado con mi profesión.

Allí conocí a Isabel, que también trabajaba como dependienta. Las dos nos entendíamos muy bien y comenzamos a hacernos buenas amigas.

Lo cierto es que fue ella quien me ayudó a no ver mi huída como un fracaso.

Nos veíamos todos los días y con las pequeñas cosas de la rutina, con bromas, riéndonos juntas fue como comencé a dejar atrás ese halo de tristeza que me había estado cubriendo últimamente.

Me presentó a sus amigos y empecé a unirme a sus planes. Rehíce mi vida en un contexto absolutamente diferente al que me había rodeado en los dos últimos años. Todo era tranquilo, positivo, fácil, simple...

Un día, cuando Isabel y yo ya teníamos confianza, me contó que estaba embarazada.

Cierto es que yo ya me había fijado alguna vez en su tripa y había dudado de si aquello era el comienzo de un embarazo o no.

Le pregunté por el padre y me habló de un ex ausente y de una relación que venía de largo y que terminó porque ella conoció a otra persona que luego no quiso quererla más allá de unas cuantas noches.

Pero para ese entonces ya era demasiado tarde como para recuperar aquella vieja relación rota.

Tan sólo les dio tiempo de engendrar en su vientre a una criatura en una noche de melancolía, copas vacías y viejos recuerdos.

Como yo ya tenía un trabajo y algunos ahorros, pensé que mudarme era una buena idea. Cuando se lo conté a Isabel, me propuso que me fuera a vivir con ella.

Vivía sola, pero tenía un dormitorio vacío que me podía alquilar y así yo le ayudaría a reducir los gastos que suponía para ella todo el alquiler.

De modo que acepté encantada. Me mudé a vivir con ella y entonces fue cuando las cosas comenzaron a tomar un matiz diferente.

Al principio traté de quitarle importancia, pero poco a poco me fui dando cuenta de que era imposible negar lo evidente.Algo estaba pasando entre nosotras.

No sabría explicar muy bien cómo empezó ni cómo fui consciente de ello.

Quizás las miradas, las risas nerviosas... Me di cuenta de que comenzaba a sentir atracción por ella. Y, para mi sorpresa, a ella le estaba pasando lo mismo.

La situación resultaba bastante tensa porque ambas nos sentíamos incómodas y muy confusas con aquello que estaba pasando. Creo que al principio las dos intentamos evitar y negar nuestros propios sentimientos.

Pero al final los sentimientos explotan, y los nuestros explotaron por fin una noche en un beso. A la explosión le siguieron las manos, los brazos y todo el cuerpo después. Y luego ya no se pudo negar lo evidente.

Comenzó entonces otra etapa en mi vida. Una etapa totalmente imprevista y llena de color y planes de futuro. Unos planes que incluían bebé ajeno.

Me acostumbré a aquella nueva manera de vivir y pensé que las cosas no cambiarían más allá del futuro que ambas habíamos ideado en nuestras cabezas.

Pero no hay mayor error en esta vida que pensar que las cosas nunca van a cambiar. Y el nuevo cambio que me esperaba a la vuelta de la esquina para ponerme la zancadilla iba a dolerme aún más esta vez.

Salía con Isabel del ginecólogo. —Bueno, ya has oído lo que te ha dicho el médico, ¿eh? Tienes que guardar más reposo. A partir de ahora tú te sientas en el sofá y me pides a mí todo lo que necesites, ¿de acuerdo?

Isabel asintió y me cogió del brazo para caminar. Era junio y el calor apretaba. El embarazo estaba ya muy avanzado y a Isabel le costaba moverse.

Se habían complicado algunas cosas con el feto y ahora había que tener mucho cuidado.

Isabel salía de cuentas dentro de una semana y necesitaba reposo absoluto. Mientras andábamos despacio de vuelta a casa, de repente recordé una cosa.

—Isabel. Nunca hablamos de este tema, pero tan sólo quiero asegurarme. Has avisado a tu ex novio de que va a ser padre inminentemente, ¿verdad?

Isabel rehuyó mi mirada y me contestó en voz baja. —No. —¡¿No le has avisado?! ¿Y no crees que ya es hora de que lo hagas?

—Verás... Creo que tengo que contarte algo. —Isabel se paró y me miró a los ojos. Tardó unos segundos antes de continuar.— Él todavía no sabe que va a ser padre.

Mis ojos y mi boca se abrieron de par en par. —¡¡¿Cómo?!! Pero... ¡Isabel! ¡Por Dios! ¿Qué dices?

Ella volvió a bajar la cabeza y trató de reanudar la marcha, pero yo le apreté el brazo sin dejar que se moviera de su sitio. Le miré muy seria.

—Ya, lo sé, lo sé... —me dijo— he sido una cobarde. —¿Por qué me lo has ocultado todo este tiempo?

—Lo siento. Sabía que me forzarías a llamarle y no estaba preparada. Y sigo sin estarlo ahora. —Pero Isabel, él es el padre...

—Sí, sí... —me interrumpió.— Le voy a avisar, no te preocupes. Es sólo que... que no tenía valor para hacerlo. —Has sido muy injusta, Isabel. Se va a enfadar, y con razón.

—Lo sé, lo sé... Todo eso lo sé. Pero ahora ya no hay marcha atrás para deshacer todas las malas decisiones que he ido tomando. Le llamaré en cuanto lleguemos a casa.

Y así lo hizo. Le escuché desde la cocina. Su voz estaba nerviosa al principio, quebrada después. Fue una conversación breve. Le vi irse sollozando a su habitación cuando terminó.

La dejé sola. Tenía que ocuparse ella misma de sus propios fantasmas.

Por fin, tan sólo tres días más tarde, llegó el momento tan deseado. El bebé se adelantaba. Llevé a Isabel al hospital y me hicieron sentarme en la sala de espera.

Llamé a nuestros amigos para anunciarles que Isabel estaba de parto y rápidamente vinieron algunos de ellos.

Pero el tiempo pasaba y ningún médico salía a decirnos que el bebé había llegado al mundo. Comenzamos a inquietarnos. Finalmente entró a la sala un doctor con muy mala cara y se acercó a nosotros.

Me temí lo peor. —¿Son ustedes los familiares de Isabel Heredia Martínez? —Amigos. ¿Qué sucede? ¿Va todo bien?

Con un ademán el médico nos indicó que nos sentáramos. Me di cuenta de que algo muy grave había pasado y mi cuerpo empezó a temblar. Desgraciadamente mis sospechas se confirmaron cuando él médico dijo:

—Lamento mucho decirles que el parto se ha complicado y hemos tenido que ir a quirófano. Allí hemos procedido a realizar una operación que no ha resultado con éxito.

En este punto hizo una pausa para tomar aire y nos miró muy serio a todos.

—El bebé nació muerto y no pudimos hacer nada por salvar la vida de la madre. Me temo que ambas han fallecido. Lo siento mucho. Luego continuó diciendo otras cosas que yo ya no escuché.

Me quedé de piedra, como una estatua, tratando de procesar lo que acababa de suceder.

Tras unos segundos, aunque mi vista seguía fija en la nada, mis ojos comenzaron a derramar unas lágrimas silenciosas que no pararon durante horas.

Creó que me quedé quieta en la misma posición durante al menos media hora, hasta que mis amigos me dijeron que había que irse de allí.

El funeral fue dos días más tarde y creo que yo todavía seguía como en la misma postura y con la misma mirada perdida que se me quedó en el hospital al recibir la noticia.

De repente, todo mi presente y mi futuro se habían derrumbado. ¿Y ahora qué?

Mi casa estaba de repente vacía, con todas sus cosas alrededor, aún con su aroma. Me parecía escucharla, hablándome, si me quedaba muy callada mirando al vacío.

De hecho, así es como pasé aquellos dos días, sentada en la cama y abrazada a un jersey suyo, tratando de escuchar su voz para ver si volvía a despedirse de mí.

Pero no vino a despedirse de mí. Fui yo a despedirme de ella.

Había mucha gente en el funeral: familia, amigos, compañeros de trabajo... Aunque en realidad, de toda la gente que había allí, sólo sentía curiosidad por una persona: Daniel.

El ex de mi pareja era como una sombra que siempre había estado proyectada sobre nosotras. Me conocía todo lo que había pasado entre ellos, lo bueno y lo malo.

Daniel siempre me había inspirado a la vez celos y simpatía. Una parte de mí siempre había deseado no tener que llegar a conocerle jamás, pero ahora que la situación era inminente sentía sobre todo curiosidad y nerviosismo.

Y ahí estaba, como fuera de lugar, como perdido en medio del hall. Estuve un rato observándole, segura de que él todavía no sabía quién era yo.

Mis amigos, es decir, los que fueron sus amigos, le rodeaban y abrazaban, tratando de apoyarle en un momento tan difícil, aunque ni ellos mismos pudieran mantener las formas.

Todos necesitábamos llevarnos constantemente un pañuelo a la cara. Todos caminábamos con la cabeza gacha. Todos teníamos los ojos hundidos en dos profundas ojeras.

Finalmente, uno de nuestros amigos vino a buscarme y me llevó ante él, para presentármelo. Al estar los dos cara a cara sentí como si el estómago se me diera la vuelta.

Yo le miraba intensamente, como tratando de leerle la mente y de ver en sus ojos todo su pasado con Isabel. Otra vez se me revolvió el estómago con estos pensamientos.

Él, sin embargo, me miraba pasivamente, como quien conoce a otra persona cualquiera.

Another flight’s departure announcement comes out from the speakers with a metallic and monotone voice:

“Attention passengers from flight JL9875 with destination to Dublin, please proceed to gate A28 for boarding".

And there I was, with one bag in each hand, ready to turn my life’s direction towards Ireland. I was ready to start from scratch and to leave everything far behind me.

The last few months had been complicated and that led me to decide to continue my studies as far away as possible from my problems. In this case, that meant going to a small university in Limerick.

It was already summer when my world fell apart. My girlfriend told me she had met someone else and that she couldn’t continue our relationship.

After so many years! We had started dating when we started the high school and she had always been “my girl."

I didn’t want to know more. I couldn’t bear to listen to any more details. I moved to another apartment located in the opposite area of the city and I crossed my fingers hoping not to run into her.

Right after beginning the new school year in college I clearly saw the window to my salvation: Erasmus. So I applied for the grant in order to go to Ireland to continue my studies in January.

Usually universities don’t concede to Erasmus in such a short period of time, but it seemed that my destiny’s path passed through Limerick, because one student renounced his decision to go, leaving it free for me.

Now there I was. I gave my ticket to the air hostess and I stepped onto the plane. I sat down in my seat and breathed deeply. The plane took off.

Under my feet were the clouds, like a foam sea. And in front of me there was the unknown future, reaching out to help me in my runaway.

I started to think about the last events and a silent tear ran down my cheek.

I dried it fast with my sleeve. I remembered how my friends had left me all alone when everything happened and they took my ex’s side.

Suddenly I was absolutely alone. I felt again the pain of disappointment and rage in my chest. It was such a deep pain that I shook my head to get rid of the memories.

Don’t Daniel, don’t. You have to be strong, I told myself, in this specific moment you are starting a new life. I’m letting go of these memories right now.

>>The past is going to jump without a parachute from the plane and is going to crash between Spain and Ireland, in the middle of the ocean, where nobody, ever, will be able to find it.

I rung the bell. Finally, after many hours of travelling, I arrived at my new home: one of those narrow, all-the-same residential houses with a small garden in the back and an inside wrapped with carpet.

"Hi!" A freckly ginger opened the door. "I guess you are Daniel." "Yes, I am," I answered reaching out to him. He shook my hand.

"Nice to meet you, come in. I am Mike, you contacted me." "Yes, yes, I remember." I entered the house with difficulty, since the door was very narrow.

Mike guided me to my bedroom, which was on the second floor. Meanwhile, he brought me up-to-date.

"Right now I am alone at home. I guess the others will arrive soon, because it is already late and we all have to go tomorrow to our lessons.

>>But I will remind you now, in case you don’t remember, we are six in total. Apart from you and me, there are two girls: Giselle, from Germany and Michelle, from France. There are also two boys: Dan, who is from Holland and Alessandro, Italian."

I opened my eyes wide. "Wow... Do we have space for that many people here?"

The house was really narrow, it seemed to be all stairs and it didn’t give the impression that so many people could live in it. Mike laughed.

"Don’t worry. You have your own bedroom. Here it is, voilá." And he accompanied his words with a movement of his hand. In front of me was my bedroom, small but cozy.

"Actually, Dan and Alessandro are sharing a bedroom. But you haven’t seen the floor upstairs. There is more space than it seems.

>>But I recommend that you be patient when using the toilet —mostly if you have to wake up at the same time as the girls— because there are only two bathrooms.

>> And I would also look for a good moment to cook when there aren’t other people, or eat at college, because if you coincide with everyone in the kitchen it looks like a battlefield."

Don’t worry, I have a Spanish timetable. I guess I will have no problem," I said smiling.

But I was actually starting to freak out a little bit and to doubt if I would manage to have any personal space during my time there.

When the guided tour finished, I fell exhausted on my bed. Oh, my God! This is going to be so difficult! I barely know English. I am not confident in the language at all!

In a while I would have to face five strangers in another language, which I knew less than I expected.

And, even worse, in the morning I would have to face many more strangers, lessons in English and other foreigners that had already made friends because they had been living here for months already.

I felt so discouraged! Fortunately, though I didn’t know it yet, this decision, this experience would be the best one I could have chosen.

Weeks passed much faster than I expected and I suddenly found myself speaking English with no serious communication problems.

I found friends at college, my roommates became my best friends and I had started to forget the sad reasons that had pushed me to this new life.

I must admit that this was the first time I had lived abroad and it was very surprising for me to feel —because of being far away from home— how time seemed to be encapsulated into a still and static bubble.

I barely knew this place and the people for only a couple of months, however it felt like I had known them my whole life. Everything seemed familiar to me already.

It is true that the house —mostly the kitchen— was chaotic.

There were always dirty dishes and pots in the sink, there were usually no clean glasses and many times you were accidentally stabbed by a hidden and forgotten fork while sitting down on the couch.

I will not deny that all these issues triggered some small fights between us, but everything could be solved with some beers. Even though we all were very different, inside we were all quite similar.

One night, at a party, I realised that I didn’t have the same kind of feelings toward all of my friends.

She was there, not far away from me, happily talking with some friends next to the bar that Mike had arranged close to the swimming pool, under the porch.

She was holding a cocktail in one hand and she gesticulated gracefully while she was telling some anecdote.

She was wearing a long blue dress that matched her eyes and a black cotton jacket to protect her from the cold.

It was the beginning of spring and it wasn’t warm yet, but that night we had been very lucky, because a warm breeze was blowing, unusual for that time.

Michelle finished her explanation and, still laughing, she turned her head to the left and her eyes found my eyes looking at her.

I startled and looked away, trying to pretend that I wasn’t gazing at her. I shivered.

It was too late. She apologized to her friends and moved towards me. I felt a movement in my stomach. I guess it was because I had some butterflies flying inside.

She approached me smiling and sipped her cocktail. "Hi, Daniel. How are you? Do you like the party?"

"Yes. It is awesome! We are very lucky, since Mike’s parents left this week. They have a huge house!"

"Really beautiful." She said without looking away from my eyes. That gaze paralyzed me. "Though it would be perfect if it was summer and we could swim in the swimming pool."

She took another sip of her cocktail without moving her gaze from mine. Yes, definitely Michelle was not just another girl for me.

And I started to feel that I wasn’t just another boy for her either. I tried to disguise my bewilderment.

"Yeah, it would be perfect to have a night bath," I stopped there, because I didn’t really know what to say. Oh, my God! What was going on? Michelle kept staring at me.

I felt that she had even moved closer to me and I hadn’t noticed it. I started to feel a little bit dizzy and I noticed that I was already a little bit drunk.

My experience flirting with girls was almost non-existent, so I became nervous and decided to keep on talking, no matter what.

"So… have you seen Alessandro? He told me he would come to the party, but I haven’t seen him yet."

"Ssshhh…" Michelle put one finger on my lips to make me stop talking. Actually, this was not the reaction I had expected.

She stumbled a little bit when she moved closer to me. She was also drunk. "Stop talking. Sometimes it is better not to talk at all."

So I stopped. She put her left hand in the nape of my neck and pushed me softly towards her. Her kiss seemed to plunge me into a dream. Into a soft, damp and exciting dream.

Then I felt dizzy and I had to separate myself from her lips. "Michelle, I’ m sorry, I… I am confused."

"I know. I am sorry, Daniel. Maybe I have been too direct; I didn’t want to force you. I thought that you also…"

"Yes, no, yes, I mean…" I interrupted her. "I want it too. I mean, I like you a lot. You are beautiful, I love talking with you…"

I couldn’t finish the sentence. Right in that moment Alessandro approached us. "Hey, guys! How is the party going?" He didn’t realize what he had just interrupted.

Michelle jumped from the fright and she didn’t disguise her annoyance. "Well. In fact, I thought it was strange not to see you before now." I answered trying to disguise my confusion.

"I arrived a long time ago with two friends. But we were in one of the rooms. You know, these guys love to have some garnish to go with the alcohol." Alessandro said while winking at us.

Michelle and I made a sign of disapproval. "I don’t understand why you hang out with these people. They are always getting you in trouble, aren’t they?" Michelle asked.

"Moreover, I don’t think Mike would like to have people sniffing cocaine lines in his parents’ bedroom."

Alessandro opened his mouth to protest but he closed it fast because we started to hear screams from the swimming pool.

One of Alessandro’s friends was absolutely out of his mind and shouted and pushed another guy who we didn’t know.

Both were standing by the corner of the swimming pool and everyone, nervous, started to approach them to see what was going on.

"What did you call me?! What?!" Alessandro’s friend was shouting at the other guy while pushing him.

"Leave me alone! What the hell are you doing?" The guy tried to free himself, but he couldn’t get away.

Finally the guy, tired of being provoked, punched Alessandro’s friend in the face. He fell into the swimming pool. Fortunately, the pool was full of water.

We all ran to the edge of the pool, waiting for him to come out even angrier. But seconds went by and he didn’t appear from the water.

Finally, the same guy that had punched him jumped into the water to get him out. Alessandro’s friend was unconscious and had convulsions.

"Someone call an ambulance! Fast! Ambulance now!!" This incident ruined the party and everyone’s mood.

After the ambulance took Alessandro’s friend away with Alessandro, Mike asked me to help him kick out everyone from his house and end the party.

The ambulance had attracted the neighbours’ attention and he didn’t want them to complain to his parents. Michelle approached me with a sad face.

"Daniel, I am going home. The friends that drove me here are leaving."

"Go, don’t worry. I’ m going to stay and help Mike clean all this up. Dan is also staying with us. We will probably sleep here."

I saw disappointment in her face. She seemed to hesitate before speaking. "And… and what about us?" I smiled and took her hands.

"Michelle, tomorrow. Anyway, we live together." She smiled too and kissed me again, more softly this time, more calmly. Then she just turned and left.

The next few weeks were like a dream.

Spring came, the dark Irish days were longer and less grey, and Michelle and I began to openly share something more than a simple friendship as summer approached.

The spring weeks really helped me to heal my wounds from the past.

My first few times of sharing kisses with Michelle were a little bit painful, because I couldn’t help remembering my last and sole relationship.

But as days went on, Michelle’s eyes and smile managed to make the situation new, fresh and unique to me.

Before that night at the party, I had already confided everything about my past to Michelle, so she knew about my scars. I could talk with her about everything except about what was going on between us.

I think we were both happy during these months, but neither of us ever dared to name the thing that floated in the air between us when we were together.

"Do you already know what you are going to do this summer? Are you coming back in September?" Mike broke the boring silence of a rainy afternoon in June.

"I know that Dan is staying here with me the whole summer and that he will begin his doctorate here next year."

>>And Alessandro is leaving for the summer but he will come back in September too because of his master’s. But the rest of you didn’t tell me what you are going to do."

It was Sunday, siesta time. It was one of those typical Sundays when there is nothing to do but to stay at home. It was a very dark day, the sky was cloudy and it was raining cats and dogs.

We all lied on the couches in the living room, basically one on top of the other, since there was not enough space for everyone.

The TV emitted its monotonous humming at a very low volume that plunged all of us into a kind of sleepiness. Everyone startled when Mike spoke.

I pushed away Michelle’s legs and sat up, squashing Dan’s arm on accident. I explained my plans:

"I am sorry Mike. I know you need to know about the rent. I didn’t tell you anything before because I am still not sure, but I am planning to spend the summer here.

>>And I have applied to the university again in order to lengthen my Erasmus and study here longer.

>>I have been told that the university will most probably admit me again, but I am still waiting for their confirmation. So at least initially you can count on my company." Mike smiled.

"Good! It is always nice to count on having some friends for the summer. And what about you, girls? Have you heard from the university in Dublin?" Mike added this turning towards Giselle and Michelle.

What?! Which university in Dublin? Michelle had never told me anything about any university in Dublin.

She saw I was surprised and looked at me as if saying: It is true, I am sorry, we need to talk. And then she said:

"No, we don’t know anything yet. We were thinking about going to Dublin this weekend because we have to give them some papers for our admittance."

"Yeah, it seems they are having some trouble with the enrolment transfer and we have to go to personally give them some documents and to talk with the dean.

>>It seems that, if there are any more problems, they may not admit us and then we would stay here next year again," continued Giselle.

"Oh, I am sorry, girls. I know that studying in that university is very important for you. I hope you get in."

So Michelle is planning to move to Dublin for the next school year… I thought. And wasn’t she going to tell me anything?

I was aware that we had never defined what was going on between us and that we had never talked about the future, not even about the summer.

But I must recognize that I had been sure that Michelle would still be there the next year, waiting for me.

As things usually happen like this in life —all the important things at the same time and with no prior notice— the phone rang in that very moment, and it was for me.

Mike, who answered, passed me the receiver. "Hi, how can I help you?" A very well-known voice sent me a question back from the other side. "Daniel?"

My legs started to shiver and I felt a little bit dizzy. I breathed deeply. That voice, which was travelling from thousands of miles away and leaned out through that receiver, was none other than my ex’s voice, Isabel.

I became mute, pale. My voice trembled. Was this really happening? "Yes, it is me. Isabel?"

My emotions piled up in my chest and I got a lump in my throat. Rage, sadness, hate, melancholy, love… all this mixed up in my stomach like an explosive.

"Yes. Daniel, listen, I am sorry." Her voice sounded choked with emotion too. She suddenly stopped talking and I heard her trying to catch her breath. "Oh, my God…" It seemed to me that she was sobbing. "Daniel, I don’t know how to tell you this. Are you… are you sitting?"

I freaked out. Thousands of things came into my mind. "Yes, I am sitting."

"Ugh... Daniel, I am so sorry. I know I have been a jerk and I know that it is very unfair that during all this time I haven’t… I haven’t… Shit, Daniel, forgive me…"

I started to become nervous. "Isabel, tell me what is going on." From the other side of the receiver I heard again Isabel catching her breath and this time she said it suddenly:

"I am pregnant." "What??" "Just what I said, that I am pregnant."

"And the baby…" "Yes, it is yours." Then my rage and resentment came out.

"How can you know that it is mine?! It will most probably be from your boyfriend!" "No, no, Daniel, listen. Believe me, I know it is yours. Do you remember that night, right after beginning the school year?"

Yes, I did. When the school year began, one night I ran into Isabel by chance in a bar.

Our breakup was still very recent, though in theory she was already with her new partner. But alcohol betrayed us and we ended up in my bed remembering old times.

I had never seen her again nor listened to anything about her since that night. My world fell apart. I wanted the Earth to eat me whole. Finally, I answered her, with a tiny voice.

"Yes, I do." "I think it happened then, Daniel."

"But Isabel, this is crazy. How can you know that it is mine and not…?" She interrupted me.

"Daniel, listen to me. I know that everything sounds unbelievable, but I will explain everything better to you face to face. Believe me. I am very sorry, but you are the father."

"And, why… why do you tell me now, Isabel?" I started to realize what was going on and about how long ago it had happened on that damned fall night.

"Do some math. I am due to give birth in a week. I wasn’t brave enough to tell you before. I am a coward and a selfish person, I know." Her voice sounded weepy again. "But I couldn’t hide it from you forever. I know it is late, I am sorry…"

"Ok, it is fine. Stop it. I will come back. I will come in a few days." Angry, blind because of my rage, I hung up the receiver.

My roommates, who had been observing the changes of my face during my conversation, stared at me, worried.

Michelle took one of my hands. I freed it and went to my bedroom without a word. I needed to be alone. Michelle was going. I was going to be a father.

Michelle was lucky that I had just found out about her future plans, because all of my rage focused on Isabel.

The fact that Isabel had hidden from me something so important for such a long time made me very angry. But, apart from that, all my past memories started to hurt me again.

I realized that, thanks to Michelle, I had managed to forget Isabel. I had managed to get a little bit over the problems of the past.

I had managed to suture my wounds and now, with her phone call, with her voice, all the stitches had broken. And it hurt. I sighed and dried my tears.

Actually, right now there was just one option —travel immediately to Spain in order to meet my son or daughter and the story that Isabel had to tell me.

So I turned on my computer and got ready to buy a plane ticket for within three days.

I thought that after trying to run away so desperately, life was inevitably sending me back to the place from where I had been trying to escape, to the place where everything had started.

I hoped it would be for a short period of time.

Michelle had left the previous day for Dublin and the truth was that we had barely spoken about anything.

We said goodbye to each other without really knowing when we would meet again and without knowing what would be our circumstances at that point.

We decided to just say to each other, “See you soon and good luck,” and we shared a long kiss that we didn’t want to end.

I was almost out of the door of my house, with all my baggage ready at my feet when it happened again.

I answered the phone. "Daniel speaking." From the other side, once again, a too familiar voice.

This time it wasn’t Isabel, nor did the voice sound nervous and somehow excited, but it sounded deeply sad.

It was the voice of the guy that had been my best friend, from whom I hadn’t had any news from since almost one year ago. Once more, the news was intense. "Daniel, Isabel started labour early this morning."

"Oh, my God! How timely! I am just walking out the door of my house, I am coming back to Spain!"

"No, no. The thing is that… actually…" He sighed. He searched for the words to tell me what he had to. "The labour got complicated."

"What do you mean by the labour got complicated? Are they ok?" "No, Daniel. I am sorry."

"What do you mean?" "I am very sorry, Daniel. Both died. Isabel and the girl."

The girl? So it was a girl! It was… Oh, my God! I started to become aware of what I had just heard. I felt dizzy. I lied on the floor so I wouldn’t faint.

Next to me the receiver of the phone hung from its cable and repeated, "Daniel? Daniel! Are you still there? Are you okay?" Finally, he got tired of not getting any answer and hung up.

There were lots of people at the funeral. Most of the faces were familiar to me. Too much pain pressed against my chest: past, present… I couldn’t put this feeling into words.

Now that she had disappeared for ever from the earth, now that she could only live in the memories and stories of those who were still alive, now I felt as if I loved her again, as if all the hate was suddenly fading away.

And what to say about who had almost been my daughter? Only three days ago had I found out about her existence and now she didn’t exist anymore. It seemed to be a bad joke.

When I met my friends again, everything was very uncomfortable and confusing. We hugged each other among tears and sorrowful glances, without exchanging too many words.

But it was from that moment that we slowly started to make peace and forget all the things we had done wrong.

That day, at the funeral, they introduced me to a girl who had started to hang out with them, more or less since I left.

"I am Ana. Nice to meet you." She said to me when they introduced us. "I am very sorry for meeting you under these circumstances."

Her eyes were swollen and red, swallowed by two haggard caves. It surprised me how effected she was, because as far as I knew she actually didn’t know Isabel for such a long time.

She looked gaunt and depressed, and there was something in her that made me feel curious about her. I don’t know if it was because of her gestures, or because of her gaze, as if trying to see inside of me.

"Miguel, could you please hand me the I.V.?" "Here you go."

I put the I.V. together and once I had finished with the patient I turned to Miguel, who in that moment was writing some notes in his notebook.

I let myself fall on a chair next to him. "This is horrible," I sighed. Miguel put his notebook down and looked downcast around us.

Through the door of the hospital pavilion there was a constant flow of stretchers with injured people coming in and going out. Boko Haram had attacked the area again, leaving uncountable corps and injuries after him.

We were the closest hospital, so it was our responsibility to deal with all the horror that these men caused.

.“It is terribly painful to see what these men are capable of doing,” he said while staring at the stretchers infested with pain.

“Burnt men, mutilated children, raped women. I don’t know, Ana, I don’t know if I will be able to stand this any longer.”

I looked at him worried. If Miguel goes, we will all be very helpless.

Miguel was the veteran doctor, and he had a charisma and a leadership that had saved us from uncountable tight spots in these usually so difficult circumstances.

But the truth is that I understood him. I understood him perfectly. I lowered my eyes and said to him:

“I know. I understand you. I have also thought a lot about that lately. But I would feel very bad if I abandoned these people.”

Then Miguel looked me in the eyes.

“You know very well that I don’t like to abandon them either. But I’m starting to be afraid that if I don’t go soon from this horror, I will abandon my own life.”

After saying this, he turned and went to look after a new injured patient who was losing a lot of blood. I needed air. I went outside through the back door to smoke a cigarette.

I gave the cigarette a puff and breathed out intensely, as if trying to fade out in the air with my cigarette’s smoke, floating very far away from there. I closed my eyes tightly and a tear ran down my face.

Two years ago I had finished my studies as a nursing assistant in Spain and came to Nigeria in order to work in a NGO.

The capital city was my first destination, where I met Samuel, a nurse who had already been travelling for five years throughout Africa doing volunteer work.

It was next to him that I learned how to live in such a difficult place, how not to lose my head and found in Nigeria my new home.

Some months later, I was assigned to a smaller city in the south and, as we didn’t know anymore how to be without each other, he came with me.

Sometime after that, we moved to the village where we were at this point. A small place away from the world. Or this is at least how we had felt up until now.

Some time ago Boko Haram’s men had advanced to this area and they had started to harass the inhabitants and to take control of the surrounding villages.

The Nigerian government sent army and police to protect us from these men, but nothing seemed to stop their advances and the situation became more and more dangerous.

Many fellow volunteers from different countries had started to abandon their positions and leave the country.

Since there was no one coming to replace them, we had more and more work.

I finished my cigarette and, resigned, I breathed deeply, gathered my courage and went again into the hospital in order to undo as much as possible all that Boko Haram had done.

A humid morning was waking up. The sun appeared shy between the tree tops of the jungle which spread out around the village.

I walked outside still half asleep to stretch myself and breathe the fresh air. I could only hear the monkeys’ and birds’ screams. I closed my eyes and breathed deeply, raising my head towards the sky.

Suddenly, two arms hugged me from my back. I startled, but I knew who it was. “Hey! I didn’t hear your steps.”

Samuel pressed me against him and kissed me in the neck. “Good morning, beautiful. Did you sleep well?”

“Not very well, actually. I had many nightmares last night.” I turned and we looked into each other’s eyes. “Nightmares because of yesterday?”

I looked down. “Yes.”

“Ana, listen, I know it is hard, but we have to hang on. These people need us. You know there is not enough staff and...”

“I know Samuel, I know,” I interrupted him. We kept silent and he took my chin softly in his hand and made me look into his eyes again.

“So, then?” I felt my tears wanting to escape from my eyes and I got a lump in my throat. I looked away, turning my face to one side.

“I think I can’t stand it anymore.” Samuel didn’t know what to say. There was a long silence, during which I tried to calm down and dry my tears. Finally, I went on.

“Yesterday I was talking a little bit with Miguel and... he is right. I know we are carrying out a great work here.

>>Well, I know that we are just doing a small part and nobody will know about the lives we are saving here on the other side of the Earth.

>>Nobody knows about our existence, but we have done a great deal during these two years that I have been in Nigeria. And trust me, if I am still here it is because of this reason.

>>I would never change the time I have been here. But I am afraid that if I don’t go now,

>> if I don’t abandon this horror, the nightmares that I have because of what I see everyday will chase me each night for the rest of my life. I will abandon myself.”

I stopped. Samuel took my head and pressed it against his chest while kissing my hair.

“Samuel, this is getting worse. These inhuman acts of Boko Haram that I see more and more often are affecting me a lot. I think I am not as strong are you are. I am sorry.”

I couldn’t help it and I started crying after saying this. Not being strong enough frustrated me.

Being aware that I had to abandon and run away from that place before going crazy for ever frustrated me.

And knowing that Samuel would stay in that place and we would separate killed me.

“Shh...” He kissed me and tried to calm me down. ‘Don’t worry, Ana, you are not less strong for that. In fact, you are an incredibly strong woman.

>>Most of the people would never come here to do what we do and those that would have come, more than half of them would have quickly gone back home.

>>I... Ana, I am a lost cause, you know it.” He looked to me with a sad smile. “I don’t have a home anymore, I don’t have a place to go back to, I don’t have a homeland. For fifteen years I have been travelling around the world and I don’t know any other way of living.

If I don’t produce adrenaline, I feel I sicken. If I don’t feel in my hands the power of saving human lives, I feel I would die.

>> If I don’t fight something, I feel I would explode from my insides.” We remained looking sadly at each other’s eyes for some time. We assimilated the unavoidable.

“Right now I can’t go away from here, I am sorry. I am deeply sorry and you know it. But, on the contrary, maybe you should go. I don’t want for the Ana I know to fade away. It would be too unfair for our world.”

In this unexpected way, in such a heart-breaking sunrise, our sad farewell began.

More bloody days of attacks came after that conversation and, if I could have hesitated about my decision, now it was very clear.

I prepared my baggage and a few weeks later I found myself on a plane in the direction of Spain.

Back to Spain again! It took me some time to understand my present circumstances. At that point I was still flying over Nigerian territory. Below my feet, I was leaving all that had constituted my world for two long years.

Two years that, despite all the difficulties, had probably been the two fullest years of my life.

My farewell with Samuel had been very painful. We both knew that most probably we would never see each other again for the rest of our lives.

We were choosing very different ways and, even if sometimes life’s ways meet in very unexpected crossroads, the chances of meeting again in the future were minimal.

“Thanks,” he had said to me while holding my head with both hands against his and with tears in his eyes. “Thanks for everything, Ana. Thank you for sharing yourself with me during all this time.”

With my eyes spilling like rivers, I answered him in a broken voice. “Don’t ever forget me, please.”

“I won’t.” A kiss, a hug and I ran away. I went far away from him as fast as I could because I didn’t want to make that heart-breaking farewell longer.

I cried a lot on that plane. I cried because of all my efforts in the hospitals, which now, some time later, seemed useless.

And I cried because of all the things that I left behind me. Not only because of Samuel, but also because of all the wonderful people I had met and whom I most probably would never see again.

I also cried because of my cowardice, because of running away and leaving love behind me. The return to Spain was pretty hard.

Since I didn’t have any savings or a job, I had to go back to my parents’ house. And this situation plus my disappointment because of coming back with my tail between my legs and the way I missed Samuel, made me fall into a chronic sadness.

At the beginning, I had a quite fluent communication with Samuel. He wrote me e-mails telling me about things over there and repeating to me how much he missed me.

But, little by little, that conversations’ flow started to diminish until one day, finally, it disappeared forever.

Eventually, December surprised me with a job. January surprised me with friendship, and February again with love.

I found an easy job as a shop assistant. Nothing definitive, just something to have some income until I could find a job related to my field.

It was there that I met Isabel, who also worked as a shop assistant. We both got on well and we started to become good friends.

The truth is that she helped me to not see my runaway as a failure.

We met every day and thanks to the small routine of things, the jokes, and laughing together is how I started to leave behind me that halo of sadness which had been covering me since I had come back.

She introduced me to her friends and I started to join them. I rebuilt my life in a very different context to the one that had surrounded me during the last two years. Everything was calm, positive, easy, simple.

One day, when Isabel and I had become close friends, she told me that she was pregnant.

The truth is that I had already noticed her slightly bigger belly and I had wondered if that was the beginning of a pregnancy or not.

I asked her about the father and she talked about an absent ex and about a long-time relationship that came to an end when she met another person who later didn’t want to love her further than a few nights.

But, by then, it was too late to recover that old broken relationship.

They just had the time to conceive a creature in her belly in a night of melancholy, empty glasses and old memories.

As I had a job and some savings, I thought that it would be a good idea to move from my parents’ house. When I told this to Isabel, she proposed that I move in with her.

She was living alone, but she had an empty bedroom that she could rent to me. This way I would help her to pay less for rent.

I happily accepted. I moved in with her and then things started to take a different meaning.

At the beginning I tried to play it down, but I slowly realized that it was impossible to deny the evident. Something was going on between us.

I couldn’t explain how it started and how I realized it.

Maybe the way we looked at each other, the nervous laughter... I realized I was starting to have feelings for her. And, to my surprise, the same thing was happening to her.

The situation was pretty tense because we both felt uncomfortable and very confused about all that was going on. I think that at first, we tried to avoid and deny our own feelings.

But eventually the feelings exploded one night in a kiss. Our hands, our arms and later the whole body followed the explosion. And then we couldn’t deny the evident any more.

Another period started then in my life. An absolutely unexpected period which was full of colours and future plans. Some plans which even included someone else’s baby.

I got used to that new way of life and thought that things would be as we had planned them. Without any changes.

But there is no bigger mistake in this life than thinking that things will never change. And the new change which was waiting for me around the corner to trip me up would be the most painful.

I left the gynaecologist with Isabel. “Well, you have listened to the doctor, right? You have to take a rest. From now on, you will be sitting on the couch and you will ask me to do everything for you, ok?”

Isabel nodded and took my arm to help her walking. It was June and it was very hot. Her pregnancy was very advanced and Isabel had some difficulties moving.

There were some complications with the fetus and she had to be very careful.

Isabel was due to give birth in a week and she needed absolute repose. While we slowly walked back home, I suddenly remembered one thing.

“Isabel, I know we never talk about this, but I just want to make sure. You told your ex-boyfriend that he is going to be a father imminently, didn’t you?”

She avoided my eyes and answered me in a low voice. “No.” “You didn’t tell him?! Don’t you think that it is time for you to do so?”

“Well... I think there is something I have to tell you.” Isabel stopped and looked me in the eyes. She took some time before going on. “He doesn’t know that he is going to be a father.”

I opened my eyes and mouth wide. “What?!! But Isabel! Oh, my God! What are you saying?”

She looked down again and tried to continue walking, but I held her arm tight and didn’t let her move from her place. I looked at her very serious.

“I know, I know,” she said to me. “I have been a coward.” “Why did you hide it from me all this time?”

“I am sorry. I knew you would force me to call him and I wasn’t ready. And I am still not ready now.” “But Isabel, he is the father...”

“Yes, yes...” She interrupted me. “I am going to tell him, don’t worry. It is just that... that I had no courage to do it.” “You have been very unfair, Isabel. He will be angry, with good reason.”

“I know, I know... I know all that. But there is no way now to undo all my bad decisions. I will call him when we get home.”

And so she did. I heard her from the kitchen. Her voice was nervous first, broken later. It was a short conversation. I saw her go sobbing to her bedroom when she finished.

I left her alone. She had to deal with her own ghosts by herself.

Finally, just three days later, the hoped for moment arrived. The baby was coming out. I drove Isabel to the hospital and they made me sit down to wait in the waiting room.

I called our friends to tell them that she was giving birth and some of them came quickly.

But time went on and the doctor didn’t come out to tell us that the baby had come into the world. We started to become anxious. Eventually, one doctor with a very sad face entered the room and approached us.

I feared the worst. “Are you the relatives of Isabel Heredia Martínez?” “Friends. What is going on? Is everything all right?”

The doctor made a sign to make us sit down. I realized that a very bad thing had happened and my body started to shiver. Unfortunately, my suspicions were confirmed when the doctor said:

“I am very sorry to tell you that the birth turned complicated and we had to go to the operating room. There the patient had a surgery which didn’t end up successful.”

At that point he stopped to take some air and looked at us very seriously.

“The baby was born dead and we couldn’t do anything to save the mother’s life. I am afraid they both passed away. I am really sorry.” He continued saying other things that I didn’t listen to anymore.

I was stunned, trying to process what had just happened.

Some seconds later, though I was staring off into space, my eyes started to drop silent tears that didn’t stop for hours.

I think I remained in the same position for at least a half an hour, until my friends told me that we had to go.

The funeral was two days later and I think that I was in the same position and with the same blurred sight that I had when I heard the news at the hospital.

Suddenly all my present and future had fallen apart. And now what?

My house was suddenly empty, with all her things around, still with her scent. If I stayed very quiet staring off into space it seemed to me that I could hear her, talking to me.

In fact, this is how I spent the two days, just sitting on my bed, hugging one of her pullovers, trying to hear her voice to see if she came to say goodbye to me.

But she never came to say goodbye. I went to say goodbye to her.

There were many people at the funeral: family, friends, colleagues... But the truth is that, from all the people who were there, I was only curious about one person: Daniel.

My girlfriend’s ex was like a shadow that had always been projected above us. I knew all the things that had happened between them, the good and the bad things.

Daniel had always inspired jealousy and sympathy within me at the same time. A part of me had always wished that I would never have to meet him, but now that this situation was imminent I mostly felt curiosity and nervous.

And there he was. He seemed to be out of place, like lost in the middle of the hall. I remained some time observing him, sure that he still didn’t know who I was.

My friends, I mean, those who were his friends, were around him, hugging him, trying to support him in such a difficult moment, even if they couldn’t keep up appearances.

We all constantly needed to blow our noses. We all walked with our heads down. We all had our eyes sunken in two deep rings.

Finally, one of our friends came to me and brought me to him, to introduce me. When we were face to face I felt my stomach turning over.

I stared at him intensely, as if trying to read his mind and see in his eyes all his past with Isabel. Once again my stomach turned with these thoughts.

However, he looked at me passively, as someone who is just meeting another normal person does.