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DANIEL

Suena la señal de partida de un nuevo vuelo.

«Atención, pasajeros del vuelo JL9875 con destino Dublín procedan a embarcar por la puerta A28» anuncia la voz metálica y monótona del megáfono.

Y allí estaba yo, con una maleta en cada mano, dispuesto a dar un giro a mi vida con rumbo a Irlanda. Dispuesto a empezar de cero, a dejarlo todo atrás.

Los últimos meses habían sido complicados y me habían llevado a tomar la decisión de irme a estudiar lo más lejos posible de mis problemas, en este caso a una pequeña universidad de Limerick.

Ya en verano me pareció que se me caía el mundo a los pies cuando mi novia me dijo que había conocido a otra persona y que no podía continuar con nuestra relación.

Después de tantos años... habíamos empezado juntos a la vez que entrábamos en la adolescencia y ella siempre había sido «mi chica».

No quise saber más. No habría soportado oír más. Me mudé a otro piso en el lado opuesto de la ciudad y crucé los dedos para no encontrármela nunca por ahí.

En la universidad, nada más comenzar el curso, vi abierta de par en par la ventana de mi salvación: Erasmus. Así que solicité la beca para irme a continuar mis estudios a Irlanda en enero.

Normalmente no conceden las becas con tan poco tiempo de margen, pero parece ser que el camino de mi destino pasaba por Limerick, porque un estudiante renunció a su plaza, dejándomela libre a mí.

Y allí estaba yo. Le entregué mi billete a la azafata y subí al avión. Me senté en mi asiento y suspiré profundamente. El avión despegó.

A mis pies quedaban las nubes, como un mar de espuma, y al frente, el futuro desconocido que me tendía una mano para ayudarme en la huída.

Me puse a repasar los últimos acontecimientos y una lágrima silenciosa resbaló por mi mejilla.

Me la sequé rápidamente con la manga. Recordé cómo mis amigos me habían dejado de lado cuando pasó todo, poniéndose incomprensiblemente del lado de mi ex.

De repente me vi absolutamente solo. Volví a experimentar esa sensación de decepción y rabia en el pecho. Era un dolor tan profundo que sacudí la cabeza para quitarme esos recuerdos.

«No, Dani, sé fuerte» me dije, «en este preciso instante estás comenzando una vida nueva. Estos recuerdos se pierden aquí.

>>El pasado va a saltar ahora mismo del avión sin paracaídas y se va a estrellar entre España e Irlanda, en medio del océano, donde nadie, nunca, pueda volver a encontrarlo».

Llamé al timbre de la puerta. Por fin, después de muchas horas de viaje, había llegado a mi nuevo hogar: una de esas casas de urbanización estrechas, todas iguales, con un pequeño jardín en la parte trasera y un interior forrado de moqueta.

—Hola. —Me abrió la puerta un pecoso pelirrojo.— Supongo que eres Daniel. —Sí. —Respondí tendiéndole la mano, que él me estrechó.

—Encantado, pasa. Yo soy Mike, te pusiste en contacto conmigo. —Sí, sí, ya recuerdo. —Entré a duras penas con las maletas por la estrechísima puerta.

Mike me guió hasta mi habitación, que estaba en el segundo piso. Mientras tanto me puso al día:

—Ahora mismo estoy solo en casa. Supongo que los demás no tardarán mucho en llegar, porque es tarde ya y mañana todos tenemos que ir a clase.

>>Pero te explico, por si acaso no recuerdas, en total somos seis. Además de tú y yo, hay dos chicas: Giselle, de Alemania y Michelle, de Francia; y dos chichos: Dan, que es de Holanda y Alessandro, italiano.

Mis ojos se abrieron como platos: —Wow... ¿tenemos espacio para tanta gente aquí?

La casa era realmente estrecha, parecía todo escaleras, y no daba la impresión de que pudiera caber tanta gente viviendo en ella. Mike rió:

—No te preocupes. Tienes tu propia habitación. Aquí está, voilá. —Y acompañó sus palabras con un gesto de la mano. Ante mí se encontraba mi habitación. Pequeña pero acogedora.

—Lo cierto es que Dan y Alessandro comparten una misma habitación. Pero lo que todavía no has visto es que hay otro piso arriba. Hay más espacio del que parece.

>>Eso sí, te recomiendo que tengas paciencia para usar el baño (sobre todo si te toca levantarte a la vez que las chicas) porque sólo hay dos.

>>Y que busques un buen momento para cocinar en el que no haya over-booking o que comas en la universidad, porque si coincides con todos la cocina parece un campo de batalla...

—Tranquilo, llevo horario español, supongo que no tendré problemas. —Dije sonriendo.

Aunque en realidad por dentro comenzaba a asustarme un poco y a dudar de si lograría tener algo de espacio personal durante aquellos meses.

Cuando terminó la visita guiada me dejé caer con todo mi peso sobre la cama. «Dios mío. ¡Qué difícil va a ser esto! Y qué poco inglés sé. ¡No domino en absoluto el idioma!» pensé.

Dentro de un rato tendría que enfrentarme a cinco desconocidos en otro idioma que conocía menos de lo que había pensado.

Y, lo que es peor, a la mañana siguiente tendría que enfrentarme a muchos más desconocidos, a clases en inglés, a otros extranjeros que ya habían cerrado sus grupos de amigos porque ya llevaban viviendo allí meses...

¡Qué pereza! Afortunadamente, lo que yo todavía no sabía es que aquella decisión, aquella experiencia que esperaba a mis pies, había sido el mejor de los caminos que podía haber tomado.

Pasaron las semanas mucho más rápido de lo que esperaba y, para cuando me quise dar cuenta, ya hablaba inglés sin problemas serios de comunicación.

Ya había hecho amigos en la universidad, mis compañeros de piso se habían convertido en mis mejores amigos y había aprendido a olvidar los tristes motivos que me habían empujado a esta nueva vida.

He de reconocer que era la primera vez que vivía fuera de España y que me sorprendió mucho cómo, al estar lejos de casa, el tiempo parecía encapsularse en una burbuja que permanecía inmóvil, estática.

Apenas conocía aquel lugar y a aquella gente desde hacía un par de meses y sin embargo me parecían conocidos de toda la vida, todo me resultaba ya familiar.

La casa, y sobre todo la cocina, es cierto que resultaba caótica.

Siempre había platos y ollas sucias en el fregadero, normalmente faltaban los vasos limpios y muchas veces al ir a sentarte en el sofá te pinchabas el culo con algún tenedor oculto y olvidado por ahí.

No negaré que todo aquello desencadenaba pequeñas peleas entre nosotros, pero al final todo se resolvía con unas cervezas. Aunque éramos todos muy distintos, en el fondo nos parecíamos bastante.

Fue aquella noche, en aquella fiesta, donde me di cuenta de que no todos mis sentimientos hacia mis nuevos amigos eran los mismos.

Allí, a unos metros de mí, hablaba alegremente con unas amigas junto a la barra que Mike había improvisado cerca de la piscina, bajo el porche.

En una mano sujetaba un cóctel y con la otra gesticulaba graciosamente mientras contaba alguna anécdota.

Llevaba un vestido largo azul a juego con sus ojos y una chaqueta negra de algodón para taparse del frío.

Comenzaba la primavera y aún no hacía calor, pero aquella noche desde luego habíamos tenido mucha suerte ya que soplaba una brisa cálida inusual para aquella época.

Michelle terminó su explicación y, aún riéndose, giró la cabeza hacia la izquierda y sus ojos fueron a dar de lleno con los míos.

Me sobresalté y aparté la mirada, tratando de disimular. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Ya era demasiado tarde. Se disculpó ante sus amigas y comenzó a andar hacia mí. Mi estómago se revolvió. Supongo que eran las mariposas que tenía dentro revoloteando.

Se acercó sonriendo y le dio un trago a su cóctel. —Hola Dani. ¿Qué tal? ¿Te está gustando la fiesta?

—Sí. ¡Es estupenda! Hemos tenido mucha suerte de que los padres de Mike se fueran de viaje esta semana. ¡Tienen una casa enorme!

—Realmente preciosa. —Dijo ella sin dejar de mirarme a los ojos. Aquella mirada me paralizaba.— Aunque sería perfecto que fuera verano y pudiéramos bañarnos en la piscina.

Le dio otro sorbo a su copa sin parpadear ni apartar su mirada de la mía. Sí, decididamente para mí Michelle no era una más.

Y comenzaba a darme la impresión de que para ella yo tampoco era como los demás. Traté de ocultar mi turbación.

—Sí, sería perfecto darnos un baño nocturno. —Hice una pausa, sin saber muy bien qué decir. ¡Por Dios! ¿Qué estaba pasando? Michelle seguía mirándome fijamente a los ojos.

Me pareció que incluso se había acercado más a mí sin que yo me diera cuenta. Empecé a sentirme un poco mareado y me di cuenta de que iba ya un poco borracho.

Mi experiencia ligando con chicas era prácticamente nula, así que me puse nervioso y opté por seguir hablando, de cualquier cosa.

—Esto... ¿has visto a Alessandro por aquí? Me dijo que vendría a la fiesta y no le he visto todavía.

—Ssshhh... —Michelle me puso un dedo en los labios para que me callara. Desde luego no era la reacción que habría esperado de ella.

Se tambaleó un poco al moverse para acercarse más a mí. Ella también iba borracha. —Deja de decir tonterías. A veces es mejor no hablar...

De modo que me callé. Ella puso su mano izquierda en mi nuca y me aproximó suavemente hacia sí. Con su beso me pareció sumirme en un sueño. En un sueño blando y húmedo, emocionante...

Entonces empezó todo a darme vueltas y tuve que separarme de sus labios. —Michelle, perdona, yo... estoy confuso.

—Lo sé, lo siento Dani. Quizás he sido demasiado directa, no quería forzarte, pensaba que tú también...

—Sí, no, sí, o sea... —Le interrumpí. —Yo también quiero. Es decir... me gustas mucho. Eres preciosa, me encanta hablar contigo...

No pude acabar la frase. Justo en ese momento se acercó Alessandro. —¡Ey, chicos! ¿Qué tal va la fiesta? No se dio cuenta de lo que acababa de interrumpir.

Michelle se sobresaltó del susto y no disimuló su disgusto. —Bien. Precisamente me extrañaba no haberte visto aún por aquí. —Respondí tratando de disimular mi confusión.

—He llegado hace ya un buen rato con dos amigos. Pero estábamos dentro en una de las habitaciones. Ya sabes, a estos tíos les gusta acompañar el alcohol con algo de guarnición —Nos dijo Alessandro guiñándonos un ojo.

Michelle y yo hicimos un gesto de desaprobación. —No entiendo cómo puedes juntarte con esa gente. Siempre te están causando problemas ¿no? —Le dijo Michelle.

—Además, no creo que a Mike le guste que haya gente metiéndose rayas en la habitación de sus padres.

Alessandro abrió la boca para protestar pero tuvo que cerrarla rápidamente porque empezaron a oírse gritos en la piscina.

Uno de los amigos de Alessandro, totalmente fuera de sí, le gritaba a otro chico al que no conocíamos a la vez que le daba empujones.

Ambos estaban en el bordillo de la piscina y la gente, nerviosa, empezó a acercarse a ellos para ver qué estaba pasando.

—¿¡Cómo me has llamado!? ¿¡Cómo!? —Le gritaba el amigo de Alessandro al otro chico entre un empujón y otro.

—¡Pero que me dejes en paz! ¿De qué vas? El chico trataba de zafarse de los empujones, pero éstos no cesaban, acompañados de una retahíla de insultos.

Finalmente el chico, cansado de recibir tanta vejación, respondió con un contundente puñetazo en la cara del amigo de Alessandro que lo mandó directo al fondo de la piscina que, afortunadamente, estaba llena.

Todos nos acercamos corriendo al borde de la piscina, esperando verle salir todavía más enfurecido. Pero los segundos pasaban y su cuerpo sumergido no asomaba del agua.

Al final, el mismo chico que le había pegado el puñetazo se lanzó al agua para sacarlo de la piscina. El amigo de Alessandro estaba inconsciente y con convulsiones.

—¡Que alguien llame a una ambulancia! ¡Rápido! ¡¡Una ambulancia ya!! Aquel incidente arruinó toda la fiesta y los ánimos de la gente.

Después de que la ambulancia se llevara al amigo de Alessandro, acompañado del propio Alessandro, Mike me pidió que le ayudara a echar a la gente de su casa y a cerrar la fiesta.

La ambulancia había llamado la atención de los vecinos y no quería que luego se quejaran a sus padres. Michelle se acercó a mí con cara triste.

—Mike, me voy a ir a casa. Las amigas que me han traído se van ya y tengo que irme con ellas en su coche.

—Ve, tranquila. Yo me voy a quedar para ayudar a Mike a recoger todo esto. Dan se queda también con nosotros. Seguramente hoy durmamos aquí.

Vi en su cara la decepción y un gesto de súplica. Pareció dudar antes de decírmelo: —Y... ¿y nosotros? Sonreí y le cogí ambas manos.

—Michelle. Mañana. Al fin y al cabo vivimos juntos. Ella también sonrió y volvió a besarme, esta vez más suavemente, con más calma. Después simplemente se dio la vuelta y se fue.

Las semanas que siguieron fueron como un sueño.

La primavera avanzaba, los oscuros días irlandeses cada vez eran más largos y menos grises, Michelle y yo comenzamos a compartir abiertamente algo más que una simple amistad y el verano se aproximaba.

Fueron realmente aquellas semanas primaverales las que me ayudaron a sanar mis heridas del pasado.

Los primeros días compartiendo besos con Michelle me resultaron un poco dolorosos, ya que irremediablemente me traían recuerdos de mi última y única relación sentimental.

Pero conforme pasaban los días, los ojos y la sonrisa de Michelle consiguieron que todo aquello resultara nuevo, fresco y único para mí.

Antes de aquella noche de la fiesta, ya le había confiado a Michelle todo mi pasado, de modo que conocía mis cicatrices. Con ella podía hablar de todo, excepto de lo que estaba pasando entre nosotros.

Creo que ambos fuimos felices durante esos meses, pero ninguno de los dos se atrevió nunca a nombrar aquello que flotaba en el aire cuando estábamos juntos.

—¿Ya sabéis qué vais a hacer este verano? ¿Vais a volver en septiembre? —Mike rompió el aburrido silencio de aquella lluviosa tarde de junio.

— Sé que Dan se queda todo el verano aquí conmigo y que va a continuar en esta universidad para empezar el doctorado.

>>Y Alessandro se va en verano pero vuelve también en septiembre para el máster. Pero los demás todavía no me habéis dicho qué vais a hacer.

Era domingo, hora de la siesta. Era el típico domingo en el que no hay que hacer otra cosa más que quedarse en casa. El día estaba muy oscuro, el cielo absolutamente cerrado y llovía a cántaros.

Estábamos todos tirados en los sofás del salón, prácticamente unos encima de otros, ya que no había sitio para todos.

La televisión emitía su zumbido monótono a un volumen muy bajo que nos sumía a todos en una especie de sopor. Todos nos sobresaltamos cuando Mike habló.

Me incorporé un poco apartándome de encima las piernas de Michelle y aplastando un poco sin querer el brazo de Dan. Expuse mis planes:

—Perdona, Mike. Sé que necesitas saberlo para el alquiler. No te había dicho nada todavía porque no es del todo seguro aún, pero tengo intención de pasar aquí todo el verano.

>>Y he pedido a la universidad que alargue mi Erasmus para poder estudiar aquí durante unos meses más.

>>Me han dicho que seguramente me lo concederán, pero estoy pendiente de que me lo confirmen. Así que en principio puedes contar con mi compañía. Mike sonrió.

—¡Bien! Siempre es agradable contar con amigos para el verano. ¿Y vosotras, chicas? ¿Ya sabéis algo de la universidad de Dublín? —Añadió Mike dirigiéndose a Giselle y Michelle.

«¿¡Cómo!? ¿Qué universidad de Dublín?» Michelle no me había contado nada sobre ninguna universidad de Dublín.

Y en ese momento ella se dio cuenta de mi sorpresa y me miró con cara de «es cierto, lo siento, tenemos que hablar» antes de decir:

—No, todavía no sabemos nada. Estábamos pensando en viajar las dos este fin de semana a Dublín, porque tenemos que entregarles unos papeles para ver si nos aceptan.

—Sí. Parece que están teniendo unos problemas con el traslado de matrícula y tenemos que ir en persona para llevarles unos documentos y hablar con el rector.

>>Por lo visto, si lo de los papeles se complica, no podrían aceptarnos y tendríamos que seguir aquí al año que viene. —Continuó Giselle.

—Vaya, lo siento, chicas. Sé lo mucho que os importa a las dos estudiar en esa universidad. Espero que tengáis suerte.

«De modo que Michelle tiene intención de mudarse a Dublín el curso que viene» pensé, «¿y no pensaba decírmelo?».

Yo era consciente de que no habíamos definido lo que estaba pasando entre nosotros y de que no habíamos hablado nunca del futuro, ni siquiera de un futuro tan próximo como lo era ese mismo verano.

Aunque reconozco que yo había estado convencido de que Michelle seguiría allí al año que viene, toda para mí.

Como las cosas suelen pasar así en la vida, todo lo importante al mismo tiempo y sin previo aviso, en ese instante sonó el teléfono, y era para mí.

Mike, que había respondido, me pasó el auricular. —¿Sí? Al otro lado, una voz muy conocida me devolvió la pregunta. —Dani, ¿eres tú?

Me empezaron a temblar las piernas y me mareé un poco. Cogí aire. La voz que, viajando miles de kilómetros, asomaba a Irlanda por aquel auricular era, nada más y nada menos, que la de mi ex, Isabel.

Me quedé mudo, pálido. Me temblaba la voz. ¿Aquello estaba pasando realmente? —Sí, soy yo. ¿I... Isabel?

Se me agolpaban las emociones en el pecho y se me hizo un nudo en la garganta. Rabia, tristeza, odio, melancolía, amor... Todo se me mezclaba en el estómago como un cóctel molotov.

—Sí. Dani, escucha, lo siento. —Su voz sonaba también entrecortada. Se paró en seco y le escuché coger aire.— Ay, Dios mío... —Me pareció que sollozaba.— Dani, no sé cómo decirte esto. ¿Estás... estás sentado?

Me asusté muchísimo. Mil cosas pasaron por mi mente. —Sí, estoy sentado.

—Pfff... Dani, lo siento mucho. Sé que me he portado fatal contigo, y que es muy injusto que durante todo este tiempo yo no... yo no... Ay... joder, Dani, perdóname...

Comencé a ponerme nervioso. —Isabel, pero dime qué pasa. Al otro lado del auricular, Isabel volvió a coger aire, y esta vez lo soltó de sopetón.

—Que estoy embarazada. —¿¿Cómo?? —Pues eso, Dani, que estoy embarazada.

—¿Y es...? —Sí, es tuyo. Entonces mi ira y mi rencor aumentaron.

—¿¡Cómo puedes saber si es mío!? ¡Será de tu novio! —No, no, Dani, escucha. Hazme caso, sé que es tuyo. ¿Recuerdas aquella noche, nada más comenzar el curso?

Sí que la recordaba. Al comenzar el curso, me había encontrado una noche con Isabel por casualidad en un bar.

Todavía hacía poco que habíamos roto, aunque ella en teoría ya debía estar con su nueva pareja, pero el alcohol nos traicionó y acabamos en mi cama rememorando viejos tiempos.

Tras aquella noche no había vuelto a verla ni a saber de ella. Se me cayó el mundo a los pies. Quería que me tragase la tierra. Al final contesté, con un hilo de voz.

—Sí, la recuerdo. —Creo que fue entonces, Dani.

—Pero Isabel, esto es una locura. ¿Cómo puedes saber que es mío y no...? Me interrumpió:

—Dani, escúchame. Sé que te resultará todo increíble, pero te explicaré las cosas mejor en persona. Hazme caso. Lo siento mucho, pero tú eres el padre.

—Y ¿por qué... por qué me lo cuentas ahora, Isabel? —Comencé a ser consciente de lo que estaba pasando y del tiempo que había transcurrido desde aquella maldita noche de otoño.

—Haz cálculos. Salgo de cuentas dentro de una semana. No tuve valor para decírtelo hasta ahora. Soy una cobarde y una egoísta, lo sé. —Su voz sonó llorosa otra vez.— Pero no podía ocultártelo para siempre. Sé que es tarde, lo siento...

—Está bien. Ya basta. Iré. Iré en unos días. Enfadado, ciego por la rabia, colgué el auricular.

Mis compañeros, que habían seguido los cambios de mi cara durante la conversación, me miraban preocupados.

Michelle me cogió una mano. La solté y sin decirle nada a nadie subí a mi habitación. Necesitaba estar solo. Michelle se iba. Yo iba a ser padre.

Michelle tuvo suerte de que acabara de enterarme de sus planes de futuro, porque toda mi rabia se concentró en Isabel.

Me enfadaba muchísimo que Isabel me hubiera ocultado algo tan importante durante tiempo, pero además de eso, comenzó a dolerme de nuevo todo el pasado.

Me di cuenta de que, gracias a Michelle, había conseguido olvidarme de Isabel. Había conseguido superar un poquito los problemas del pasado.

Había conseguido suturar mis heridas y ahora, con su llamada, con su voz, se me habían soltado todos los puntos. Y dolía. Suspiré y me sequé las lágrimas.

Al fin y al cabo, ahora mismo ya no quedaba más que una opción: viajar inmediatamente a España para conocer a mi hijo o hija y toda la historia que Isabel tuviera que contarme.

De modo que encendí el ordenador y me dispuse a comprarme un billete de avión para dentro de tres días.

Pensé que, después de tanto intentar huir, la vida me enviaba irremediablemente de vuelta al lugar del que había tratado de escapar, al lugar en el que todo había empezado.

Confiaba en que fuera por poco tiempo.

Michelle se había marchado el día anterior a Dublín y la verdad es que apenas habíamos hablado de nada.

Nos despedimos sin saber realmente cuándo íbamos a volver a vernos ni cuáles serían nuestras situaciones cuando eso sucediera.

Decidimos despedirnos con un «hasta pronto y mucha suerte» y con un beso muy largo que no quería marcharse.

Me encontraba casi en la puerta de casa, con las maletas preparadas cuando volvió a suceder.

Cogí el teléfono: —¿Sí? Al otro lado, de nuevo, una voz demasiado familiar.

Esta vez no se trataba de Isabel, ni la voz sonaba nerviosa y en cierto modo emocionada, sino más bien hundida, profundamente triste.

Era el que había sido siempre mi mejor amigo, del que hacía casi un año que no sabía nada. De nuevo las noticias eran intensas: —Verás Dani, Isabel se puso de parto esta madrugada.

—¡Dios mío! ¡Qué oportuno! ¡Justo estoy saliendo por la puerta, vuelvo ahora a España!

—No, no... Es que, en realidad... —Suspiró. Buscaba las palabras para decirme lo que tenía que decirme.— Verás, eh... el parto se complicó.

—¿Cómo que el parto se complicó? ¿Pero están bien? —No, Dani. Lo siento.

—¿Qué quieres decir? —Lo siento mucho, Dani. Han fallecido ambas.

¿Ambas? O sea, era una niña... ERA.... oh, Dios mío... comenzaba a darme cuenta de lo que acababa de escuchar. Comencé a marearme. Me tumbé en el suelo para no desmayarme.

A mi lado, el auricular del teléfono quedó colgando del cable y repitiendo: «¿Dani? ¡Dani! ¿Sigues ahí? ¿Estás bien?» hasta que se cansó de no obtener respuesta y colgó.

Había mucha gente en el funeral. Casi todo caras conocidas. Se me agolpaba demasiado dolor en el pecho: pasado, presente... No podría describir con palabras la sensación.

Ahora que había desaparecido para siempre de la faz de la tierra; ahora que ya sólo podría vivir en los recuerdos e historias de los que quedábamos vivos; ahora me parecía volver a amarla, como si todo el odio se disipara de repente.

Y en cuanto a la que casi había llegado a ser mi hija, ¿qué decir? Hacía tan sólo tres días que me había enterado de su existencia y ahora volvía a no existir. Parecía una broma de mal gusto.

El reencuentro con mis amigos fue muy incómodo y confuso. Entre lágrimas y miradas que pedían perdón nos abrazamos todos, sin intercambiar demasiadas palabras.

Pero fue a partir de ahí cuando, poco a poco, comenzamos a reconciliarnos y a olvidar todas las cosas que habíamos hecho mal.

Aquel día, en el funeral, me presentaron a una chica que había comenzado a ir con ellos más o menos desde que yo me fui.

—Ana. Encantada. —Me dijo cuando nos presentaron.— Lamento mucho que nos conozcamos en estas circunstancias.

Sus ojos estaban hinchados y rojos, sumidos en dos cuevas ojerosas. Me sorprendió lo afectada que estaba, teniendo en cuenta que tampoco debía de hacer demasiado tiempo que conocía a Isabel.

Tenía un aspecto demacrado y derrotado, y algo en ella que me hizo sentir curiosidad. No sé si sus gestos, o esa mirada tan intensa, como si tratara de ver dentro de mí.

ANA

—Miguel, ¿me alcanzas por favor el gotero? —Aquí tienes.

Monté el gotero y cuando terminé con el paciente me giré hacia Miguel, que anotaba algo en ese momento en su cuadernillo.

Me dejé caer en una silla junto a él. —Es terrible... —Suspiré. Miguel bajó su cuadernillo y miró compungido a nuestro alrededor.

Por la puerta de aquel pabellón del hospital no dejaban de entrar y salir camillas con heridos. Boko Haram había atacado de nuevo la zona, dejando infinidad de muertos y heridos a su paso.

Éramos el hospital más cercano, así que nos había tocado una vez más atender a todo el horror que provocaban.

—Resulta terriblemente doloroso ver de lo que son capaces esos hombres. —Dijo él sin dejar de mirar las camillas infestadas de dolor.

—Hombres quemados, niños mutilados, mujeres violadas... No sé, Ana, no sé si podré aguantar esto durante mucho más tiempo.

Le miré preocupada. Si Miguel se iba los demás nos quedaríamos muy desamparados.

Miguel era el médico más veterano del grupo, y tenía un carisma y un liderazgo que nos había sacado de más de un apuro en aquellas circunstancias normalmente tan difíciles.

Pero lo cierto es que le comprendía. Le comprendía perfectamente. Bajé la mirada y le dije:

—Lo sé. Te comprendo. Yo también lo he pensado mucho últimamente. Aunque me sentiría muy mal abandonando a esta gente.

Entonces Miguel me miró a los ojos.

—Sabes muy bien que a mí tampoco me gusta abandonar. Pero empiezo a temer que si no salgo pronto de este horror, lo que estaré haciendo es abandonar mi propia vida.

Dicho esto se dio media vuelta y se fue a atender a un nuevo herido que llegaba desangrándose. Necesitaba aire. Me fui por la puerta trasera a fumarme un cigarrillo.

Le di una calada y exhalé intensamente, como intentando fundirme en el aire con el humo de mi cigarro y volar muy lejos de allí. Cerré los ojos muy fuerte y una lágrima resbaló por mi cara.

Hacía dos años que había terminado mis estudios de auxiliar de enfermería en España y había venido a Nigeria para trabajar con una ONG.

Mi primer destino fue en la capital, donde conocí a Samuel, un enfermero que llevaba ya cinco años trabajando por África como voluntario.

Junto a él aprendí a vivir en un lugar tan difícil, a no perder la cabeza y a encontrar en Nigeria mi nuevo hogar.

Pasados unos meses me destinaron a mí a otra ciudad más pequeña del sur y como ya no sabíamos estar el uno sin el otro, él vino conmigo.

Pasado un tiempo nos mudamos otra vez al pueblo en el que estábamos en este momento. Un pequeño lugar apartado del mundo. O al menos así nos habíamos sentido hasta ahora.

Hacía cierto tiempo que los hombres de Boko Haram habían avanzado hasta esta zona, comenzando a acosar a la población y a apoderarse de los pueblos de alrededor.

El gobierno nigeriano enviaba al ejército y a la policía para protegernos de aquellos hombres, pero nada parecía frenar su avance y la situación era cada vez más peligrosa.

Muchos compañeros voluntarios de diferentes países habían ido abandonando poco a poco sus puestos para irse del país.

Como nadie venía a reemplazarles, nosotros teníamos cada vez más trabajo.

Terminé mi cigarrillo y, resignada, cogiendo aire y valor, volví a entrar al hospital para tratar de deshacer al máximo lo que Boko Haram había hecho.

Amanecía una mañana húmeda. Ya asomaba el sol tímidamente entre las copas de los árboles de la selva que se extendía alrededor del pueblo.

Salí aún medio dormida al exterior para estirarme y respirar el aire fresco. Sólo se oían los gritos de los monos y los pájaros. Cerré los ojos y respiré profundamente, levantando la cabeza hacia el cielo.

De repente unos brazos me abrazaron por detrás. Me sobresalté, aunque ya sabía quién era. —¡Ay! No he oído tus pasos.

Samuel me besó en el cuello apretándome contra sí mismo. —Buenos días, preciosa. ¿Qué tal has dormido?

—No muy bien, la verdad. He tenido muchas pesadillas esta noche. Me giré y nos miramos a los ojos. —Pesadillas por... ¿lo de ayer?

Bajé la mirada al suelo. —Sí.

—Ana, escucha, sé que resulta difícil, pero tenemos que aguantar. Esta gente nos necesita. Sabes que hay muy poco personal y...

—Ya lo sé, Samuel, ya lo sé —le interrumpí. Nos quedamos los dos en silencio y él me cogió suavemente de la barbilla para que volviera a mirarle a los ojos.

—¿Entonces? Noté cómo las lágrimas se asomaban a mis ojos y se me hacía un nudo en la garganta. Aparté la mirada girando la cara.

—Creo que no puedo más... Samuel no sabía qué decir. Se hizo un largo silencio, durante el cual traté de calmarme y secarme las lágrimas. Al final continué:

—Verás, ayer estuve hablando un poco con Miguel y... tiene razón. Sé que estamos desempeñando una gran labor.

>>Bueno, sé que sólo estamos aportando un granito de arena y que nadie notará al otro lado del mundo las vidas que nosotros salvamos aquí.

>>Nadie sabe de nuestra existencia, pero hemos hecho mucho en estos dos años que yo llevo en Nigeria. Y créeme, si aún sigo aquí es por esa razón.

>>No cambiaría nunca por nada este tiempo que he estado aquí. Pero temo que si no me voy de Nigeria ahora;

>>que si no abandono este horror antes de que las pesadillas por lo que veo cada día me persigan cada noche durante el resto de mi vida, entonces lo que estaré haciendo es abandonarme a mí misma.

Hice una pausa. Samuel tomó mi cabeza y la estrechó contra su pecho, besándome en el pelo.

—Samuel, esto cada día está peor. Los actos inhumanos de Boko Haram que veo cada vez más a menudo me están afectando mucho. Creo que no soy tan fuerte como tú. Lo siento.

Tras decir esto no lo pude evitar y me eché a llorar. Me frustraba no ser lo suficientemente fuerte.

Me frustraba ser consciente de que tenía que abandonar y huir de aquel lugar si no quería volverme loca para siempre.

Y me frustraba saber que Samuel se quedaría ahí y nos separaríamos para siempre.

—Sshh... —Me besó y trató de tranquilizarme.— Tranquila, Ana, no eres menos fuerte por eso. De hecho, eres una mujer increíblemente fuerte.

>>La mayoría de la gente no habría venido hasta aquí para hacer lo que estamos haciendo y de los que hubieran venido, más de la mitad se habrían vuelto a su casa rápidamente.

>>Yo... Ana, yo soy un caso perdido, ya lo sabes. —Me miró con una sonrisa triste.— Yo ya no tengo hogar, no tengo a dónde volver, no tengo patria. Llevo quince años viajando por el mundo y ya no conozco otra manera de vivir.

>>Si no produzco adrenalina, siento que enfermo. Si no siento en mis manos el poder de estar salvando vidas, siento que muero.

>> Si no lucho contra algo, siento que exploto por dentro. —Permanecimos unos segundos mirándonos tristes a los ojos. Asimilamos lo inevitable.

.—Yo ahora mismo no puedo irme de aquí, lo siento. Lo siento en el alma, y lo sabes. Pero, por el contrario, quizás tú sí debas irte. No quiero que la Ana que conozco deje de existir. Sería demasiado injusto para nuestro mundo.

Así, improvisadamente, comenzó nuestra triste despedida en aquel amanecer tan desolador.

Tras aquella conversación llegaron más días de sangrientos ataques, y si antes ya cabía poca duda sobre mi decisión, ahora estaba ya más que claro.

Hice mis maletas y unas semanas más tarde me encontraba subida a un avión rumbo a España.

¡Otra vez de vuelta a España! Me costaba creer mi presente. En esos momentos sobrevolaba aún tierra nigeriana. A mis pies dejaba todo lo que había constituido mi mundo durante dos largos años.

Dos años que, a pesar de todas las dificultades, seguramente habrían sido los dos años más plenos de mi vida.

La despedida con Samuel había sido muy dolorosa. Ambos sabíamos que seguramente no volveríamos a volver a vernos en la vida.

Estábamos tomando rumbos muy diferentes y, aunque los caminos de la vida muchas veces se encuentran en cruces inesperados, las posibilidades de un futuro reencuentro eran mínimas.

—Gracias. —Me había dicho él sujetando mi cabeza contra la suya con ambas manos y lágrimas en los ojos.— Gracias por todo, Ana. Gracias por compartirte conmigo todo este tiempo.

Yo, con mis ojos derramándose como ríos, le respondí con la voz quebrada: —No me olvides, por favor.

—No lo haré. Un beso, un abrazo y huí. Me alejé de él lo más rápido que pude para no prolongar más aquella despedida tan desgarradora.

Lloré mucho en aquel avión. Lloré por todos mis esfuerzos en los hospitales, que ahora, un tiempo más tarde, parecían no haber servido para nada.

Y lloré por todo lo que dejaba atrás, no sólo por Samuel, sino también por toda la gente maravillosa que había conocido en aquel viaje y a la que seguramente no volvería a ver nunca más.

Lloré también por mi cobardía, por huir y dejar atrás el amor. La vuelta a España me resultó bastante dura.

Como no tenía ahorros ni trabajo, tuve que volver a vivir en casa de mis padres, y aquello, sumado a mi decepción por haber vuelto con el rabo entre las piernas y a lo muchísimo que echaba de menos a Samuel, me sumió en una tristeza crónica.

Al principio, mi comunicación con Samuel era bastante fluida. Me escribía e-mails en los que me contaba cómo iban desarrollándose las cosas por allí y en los que me repetía lo mucho que me añoraba.

Pero poco a poco ese flujo de conversaciones comenzó a menguar hasta que un día, finalmente, desapareció para siempre.

Por fin diciembre me sorprendió con un trabajo; enero, con la amistad; y febrero, de nuevo con el amor.

Encontré un trabajo sencillo como dependienta en una tienda. Nada definitivo, simplemente algo para tener unos ingresos hasta que encontrara un trabajo relacionado con mi profesión.

Allí conocí a Isabel, que también trabajaba como dependienta. Las dos nos entendíamos muy bien y comenzamos a hacernos buenas amigas.

Lo cierto es que fue ella quien me ayudó a no ver mi huída como un fracaso.

Nos veíamos todos los días y con las pequeñas cosas de la rutina, con bromas, riéndonos juntas fue como comencé a dejar atrás ese halo de tristeza que me había estado cubriendo últimamente.

Me presentó a sus amigos y empecé a unirme a sus planes. Rehíce mi vida en un contexto absolutamente diferente al que me había rodeado en los dos últimos años. Todo era tranquilo, positivo, fácil, simple...

Un día, cuando Isabel y yo ya teníamos confianza, me contó que estaba embarazada.

Cierto es que yo ya me había fijado alguna vez en su tripa y había dudado de si aquello era el comienzo de un embarazo o no.

Le pregunté por el padre y me habló de un ex ausente y de una relación que venía de largo y que terminó porque ella conoció a otra persona que luego no quiso quererla más allá de unas cuantas noches.

Pero para ese entonces ya era demasiado tarde como para recuperar aquella vieja relación rota.

Tan sólo les dio tiempo de engendrar en su vientre a una criatura en una noche de melancolía, copas vacías y viejos recuerdos.

Como yo ya tenía un trabajo y algunos ahorros, pensé que mudarme era una buena idea. Cuando se lo conté a Isabel, me propuso que me fuera a vivir con ella.

Vivía sola, pero tenía un dormitorio vacío que me podía alquilar y así yo le ayudaría a reducir los gastos que suponía para ella todo el alquiler.

De modo que acepté encantada. Me mudé a vivir con ella y entonces fue cuando las cosas comenzaron a tomar un matiz diferente.

Al principio traté de quitarle importancia, pero poco a poco me fui dando cuenta de que era imposible negar lo evidente.Algo estaba pasando entre nosotras.

No sabría explicar muy bien cómo empezó ni cómo fui consciente de ello.

Quizás las miradas, las risas nerviosas... Me di cuenta de que comenzaba a sentir atracción por ella. Y, para mi sorpresa, a ella le estaba pasando lo mismo.

La situación resultaba bastante tensa porque ambas nos sentíamos incómodas y muy confusas con aquello que estaba pasando. Creo que al principio las dos intentamos evitar y negar nuestros propios sentimientos.

Pero al final los sentimientos explotan, y los nuestros explotaron por fin una noche en un beso. A la explosión le siguieron las manos, los brazos y todo el cuerpo después. Y luego ya no se pudo negar lo evidente.

Comenzó entonces otra etapa en mi vida. Una etapa totalmente imprevista y llena de color y planes de futuro. Unos planes que incluían bebé ajeno.

Me acostumbré a aquella nueva manera de vivir y pensé que las cosas no cambiarían más allá del futuro que ambas habíamos ideado en nuestras cabezas.

Pero no hay mayor error en esta vida que pensar que las cosas nunca van a cambiar. Y el nuevo cambio que me esperaba a la vuelta de la esquina para ponerme la zancadilla iba a dolerme aún más esta vez.

Salía con Isabel del ginecólogo. —Bueno, ya has oído lo que te ha dicho el médico, ¿eh? Tienes que guardar más reposo. A partir de ahora tú te sientas en el sofá y me pides a mí todo lo que necesites, ¿de acuerdo?

Isabel asintió y me cogió del brazo para caminar. Era junio y el calor apretaba. El embarazo estaba ya muy avanzado y a Isabel le costaba moverse.

Se habían complicado algunas cosas con el feto y ahora había que tener mucho cuidado.

Isabel salía de cuentas dentro de una semana y necesitaba reposo absoluto. Mientras andábamos despacio de vuelta a casa, de repente recordé una cosa.

—Isabel. Nunca hablamos de este tema, pero tan sólo quiero asegurarme. Has avisado a tu ex novio de que va a ser padre inminentemente, ¿verdad?

Isabel rehuyó mi mirada y me contestó en voz baja. —No. —¡¿No le has avisado?! ¿Y no crees que ya es hora de que lo hagas?

—Verás... Creo que tengo que contarte algo. —Isabel se paró y me miró a los ojos. Tardó unos segundos antes de continuar.— Él todavía no sabe que va a ser padre.

Mis ojos y mi boca se abrieron de par en par. —¡¡¿Cómo?!! Pero... ¡Isabel! ¡Por Dios! ¿Qué dices?

Ella volvió a bajar la cabeza y trató de reanudar la marcha, pero yo le apreté el brazo sin dejar que se moviera de su sitio. Le miré muy seria.

—Ya, lo sé, lo sé... —me dijo— he sido una cobarde. —¿Por qué me lo has ocultado todo este tiempo?

—Lo siento. Sabía que me forzarías a llamarle y no estaba preparada. Y sigo sin estarlo ahora. —Pero Isabel, él es el padre...

—Sí, sí... —me interrumpió.— Le voy a avisar, no te preocupes. Es sólo que... que no tenía valor para hacerlo. —Has sido muy injusta, Isabel. Se va a enfadar, y con razón.

—Lo sé, lo sé... Todo eso lo sé. Pero ahora ya no hay marcha atrás para deshacer todas las malas decisiones que he ido tomando. Le llamaré en cuanto lleguemos a casa.

Y así lo hizo. Le escuché desde la cocina. Su voz estaba nerviosa al principio, quebrada después. Fue una conversación breve. Le vi irse sollozando a su habitación cuando terminó.

La dejé sola. Tenía que ocuparse ella misma de sus propios fantasmas.

Por fin, tan sólo tres días más tarde, llegó el momento tan deseado. El bebé se adelantaba. Llevé a Isabel al hospital y me hicieron sentarme en la sala de espera.

Llamé a nuestros amigos para anunciarles que Isabel estaba de parto y rápidamente vinieron algunos de ellos.

Pero el tiempo pasaba y ningún médico salía a decirnos que el bebé había llegado al mundo. Comenzamos a inquietarnos. Finalmente entró a la sala un doctor con muy mala cara y se acercó a nosotros.

Me temí lo peor. —¿Son ustedes los familiares de Isabel Heredia Martínez? —Amigos. ¿Qué sucede? ¿Va todo bien?

Con un ademán el médico nos indicó que nos sentáramos. Me di cuenta de que algo muy grave había pasado y mi cuerpo empezó a temblar. Desgraciadamente mis sospechas se confirmaron cuando él médico dijo:

—Lamento mucho decirles que el parto se ha complicado y hemos tenido que ir a quirófano. Allí hemos procedido a realizar una operación que no ha resultado con éxito.

En este punto hizo una pausa para tomar aire y nos miró muy serio a todos.

—El bebé nació muerto y no pudimos hacer nada por salvar la vida de la madre. Me temo que ambas han fallecido. Lo siento mucho. Luego continuó diciendo otras cosas que yo ya no escuché.

Me quedé de piedra, como una estatua, tratando de procesar lo que acababa de suceder.

Tras unos segundos, aunque mi vista seguía fija en la nada, mis ojos comenzaron a derramar unas lágrimas silenciosas que no pararon durante horas.

Creó que me quedé quieta en la misma posición durante al menos media hora, hasta que mis amigos me dijeron que había que irse de allí.

El funeral fue dos días más tarde y creo que yo todavía seguía como en la misma postura y con la misma mirada perdida que se me quedó en el hospital al recibir la noticia.

De repente, todo mi presente y mi futuro se habían derrumbado. ¿Y ahora qué?

Mi casa estaba de repente vacía, con todas sus cosas alrededor, aún con su aroma. Me parecía escucharla, hablándome, si me quedaba muy callada mirando al vacío.

De hecho, así es como pasé aquellos dos días, sentada en la cama y abrazada a un jersey suyo, tratando de escuchar su voz para ver si volvía a despedirse de mí.

Pero no vino a despedirse de mí. Fui yo a despedirme de ella.

Había mucha gente en el funeral: familia, amigos, compañeros de trabajo... Aunque en realidad, de toda la gente que había allí, sólo sentía curiosidad por una persona: Daniel.

El ex de mi pareja era como una sombra que siempre había estado proyectada sobre nosotras. Me conocía todo lo que había pasado entre ellos, lo bueno y lo malo.

Daniel siempre me había inspirado a la vez celos y simpatía. Una parte de mí siempre había deseado no tener que llegar a conocerle jamás, pero ahora que la situación era inminente sentía sobre todo curiosidad y nerviosismo.

Y ahí estaba, como fuera de lugar, como perdido en medio del hall. Estuve un rato observándole, segura de que él todavía no sabía quién era yo.

Mis amigos, es decir, los que fueron sus amigos, le rodeaban y abrazaban, tratando de apoyarle en un momento tan difícil, aunque ni ellos mismos pudieran mantener las formas.

Todos necesitábamos llevarnos constantemente un pañuelo a la cara. Todos caminábamos con la cabeza gacha. Todos teníamos los ojos hundidos en dos profundas ojeras.

Finalmente, uno de nuestros amigos vino a buscarme y me llevó ante él, para presentármelo. Al estar los dos cara a cara sentí como si el estómago se me diera la vuelta.

Yo le miraba intensamente, como tratando de leerle la mente y de ver en sus ojos todo su pasado con Isabel. Otra vez se me revolvió el estómago con estos pensamientos.

Él, sin embargo, me miraba pasivamente, como quien conoce a otra persona cualquiera.

CRUCE

Para Daniel, los días siguientes pasaron en una especie de espiral de emoción, dolor, melancolía y arrepentimiento.

Se arrepentía de haber dejado que las cosas hubiesen acabado así entre él e Isabel, de no haber luchado más por ella.

Le dolía de nuevo el pasado; le dolía el horrible e inesperado desenlace final de aquella persona con la que había compartido un tercio de su vida; y le dolía su propio arrepentimiento.

Por otra parte, la cálida bienvenida de sus antiguos amigos y el hecho de volver a estar en su casa le proporcionaban un confort amable, como un abrazo.

Para Ana, los días siguientes pasaron sumidos en una especie de remolino negro lleno de basura y de soledad.

Pasó los primeros días en su casa, atormentándose como una masoquista con todos los buenos recuerdos. Trató de ser plenamente consciente de que no volvería a ver nunca a Isabel.

De que su cuerpo se había convertido en cenizas y nunca volvería a sentir ni dar una caricia, de que sus labios ya no volverían a besar ni a esbozar una sonrisa, de que su voz ya no volvería a sonar.

Pensó que la persona que le había sacado del abandono ahora le había abandonado. «Otra vez sola» pensaba, y enterraba su cabeza en la almohada para ahogar su llanto.

Después se dio cuenta de que no podía seguir así, tan solo llorando y sin siquiera comer. Así que dejó el piso y se mudó otra vez a casa de sus padres.

Los amigos, que veían lo mal que estaban ambos, hacían todo lo posible por sacarlos de sus casas y reunirse todos juntos en aquellas cálidas tardes de verano para tomar unas cervezas y unas tapas mientras charlaban de cualquier tontería.

Cualquier excusa era buena para que dejasen de pensar durante un rato en Isabel. Digamos que lo conseguían a medias.

Al principio, Ana pareció haber perdido aquel interés inicial que tenía por conocer a Daniel. Todo en este mundo le daba igual.

Pero un día que habían quedado con más amigos para ir a la piscina, nadie apareció y se vieron los dos solos.

Ya que estaban allí, decidieron ir los dos de todas formas y, aunque al principio les costaba entablar una conversación fluida, poco a poco fueron sintiéndose más cómodos y se dieron cuenta de que se parecían bastante.

Como aquella tarde lo pasaron muy bien y se habían entendido a la perfección, empezaron a quedar otros días sin los demás.

Había pasado casi un mes desde la muerte de Isabel cuando la casera de Ana le preguntó si iba a seguir alquilando el piso.

Entonces Ana se dio cuenta de que tenía que sacar de allí todas sus cosas y las de Isabel para dejar el piso libre.

Daniel, al enterarse de que tenía que hacer mudanza, se ofreció para ayudarle. En el fondo quería volver a sentirse cerca de Isabel una última vez. Ana se dejó ayudar.

Pasaron dos días enteros limpiando el piso y empacando todas las cosas. Fue una labor tan intensa que decidieron pasar allí también la noche. Al principio resultó todo muy extraño.

Ana nunca habría imaginado que un día tendría allí a Daniel, al famoso Daniel, ayudándole a deshacerse del recuerdo de Isabel.

A Daniel se le revolvían los recuerdos y las sensaciones al volver a estar en aquel piso, al ver todas las cosas de Isabel y recordar todo lo que les había pasado entre esas paredes.

Ninguno de los dos habló durante todo el día, cada uno estaba inmerso en sus propios recuerdos.

Por la noche, con la cena y las copas de vino que se sirvieron, la conversación comenzó a animarse. Al principio hablando sobre cosas banales, haciendo bromas, riendo...

Poco a poco la conversación se centró en Isabel: en sus manías, en su risa, en su forma de ser...

—¿Cuánto tiempo llevabas viviendo con Isabel? —No mucho, cuatro meses más o menos.

—¿En serio? Me resulta increíble lo mucho que la conoces. No sé, hablando contigo de ella siento como si... como si fueras la única persona con la que puedo compartir de verdad todo lo que me pasó con ella, como si fueras la única persona que lo entiende.

Ana, muy sorprendida, dudó por un momento si contarle lo que en realidad había habido entre ellas o no. Pero no se sintió con el valor suficiente.

—Me alegra oír eso. Fuimos... fuimos muy buenas amigas. Al día siguiente los dos se sentían más liberados y hablaron mucho más animadamente durante el resto de la mudanza.

Por la noche, ya con la casa vacía, decidieron hacer otra cena como la anterior, esta vez estaban de mucho más buen humor y las botellas de vino se vaciaron muy rápidamente.

Ninguno de los dos sabe muy bien cómo pasó ni de quién fue la culpa, pero de repente estaban los dos en el sofá sentados mucho más cerca de lo que habrían imaginado y con las manos entrelazadas, hablando no se sabe muy bien de qué.

El vino y la necesidad de olvidarse de la realidad les había hecho meterse en aquella burbuja. Se habían olvidado de donde estaban y de quiénes eran.

En algún momento, uno de los dos decidió que ya bastaba de hablar y se lanzó a sellarle los labios al otro con un beso.

El otro pensó que era buena idea y siguió jugando con aquel beso, que luego se deshizo en caricias y el resto lo hicieron las manos y el cuerpo. En un instante se vieron los dos enredados sobre el sofá.

Tras aquella pausa de éxtasis, ambos parecieron volver en sí. Daniel se sentía un poco extraño por lo que acababa de pasar, pero Ana estaba absolutamente confusa.

Sintió que tenía que contarle a Daniel lo que había habido realmente entre ella e Isabel. Quizás era el peor momento del mundo para contárselo.

Es más, seguro que era el peor momento del mundo para contárselo. Pero a veces las cosas son así, y uno de repente explota en el momento menos esperado y dice cosas que necesita decir.

Y así lo hizo. —Dani, ayer no fui del todo sincera contigo. —¿A qué te refieres?

—A lo de que Isabel y yo fuimos muy buenas amigas. —Ah, ¿no... no fuisteis muy buenas amigas? Pensaba que sí.

—No, no me refiero a eso. O sea, sí pero no... —Ana no sabía cómo explicárselo, y el alcohol en sus venas le hizo ir directa al grano, sin ningún rodeo.— Éramos algo más que amigas.

Daniel abrió mucho los ojos. Estaba perplejo. Le pareció que no había entendido bien. —¿Cómo?

—Pues pasó lo que pasó y... y resulta que ambas sentíamos algo por la otra que era más que una amistad. Era otro tipo de atracción. —¿Entonces estabais juntas? O sea... ¿juntas como... como juntas?

—Daniel estaba totalmente paralizado. No era capaz de procesar lo que Ana le estaba contando. Ana asintió y le cogió la mano.

—Lo siento. Pero así es. Al principio, cuando me mudé aquí, todavía éramos sólo amigas. Yo nunca me había sentido atraída de ese modo por una chica, ¿sabes? Era la primera vez, nunca habría imaginado que...

—¡Basta, basta! No quiero saber más. —Le interrumpió Daniel soltando su mano y poniéndose de pie.

Se quedó un rato así, mirándole con cara de no comprender nada, sin saber muy bien qué hacer. Al final se decidió:

—Todo esto es demasiado extraño. Tengo que irme. Necesito pensar. Y dicho esto cogió su chaqueta y se fue.

Pasó una semana, durante la cual ninguno supo nada del otro. Ana había terminado la mudanza sola, más confusa que nunca. Se sentía estúpida y mala persona por actuar como lo había hecho.

Pensaba que acostarse con el ex novio de su ex novia un mes después de que ésta falleciera y, lo que es más, en el piso en el que los tres habían vivido, era algo imperdonable.

Pero por otra parte no podía evitar sentir una emoción extraña y unas mariposas en el estómago cuando recordaba lo que había pasado sobre aquel sofá.

«De todas formas, da igual» pensaba, «estará enfadadísimo conmigo. No querrá volver a verme, y lo comprendo».

Daniel, por su parte, pasó las dos primeras noches sin pegar ojo, tratando de asimilarlo todo. Estaba enfadado con las dos, con Isabel y con Ana.

Sentía de repente unos celos extraños hacia Ana, por haber sido la última que había disfrutado de aquella persona que tanto le había importado, por haber compartido con ella sus últimos meses.

«Al menos» se consolaba, «no fue por ella por quien me dejó, ya que sé que Ana vino a España meses más tarde».

«Con lo bien que me iban ahora las cosas en Irlanda... Había olvidado toda esta mierda, y con Michelle era todo tan fácil...»

Conforme pasaron los días se pasó su enfado. Y se dio cuenta de que echaba de menos estar con Ana.

Al fin y al cabo, ninguno de los dos tenía la culpa de que el destino les hubiera presentado en tan funestas condiciones. Una semana más tarde decidió llamarle.

Al volver a verse no retomaron la conversación pendiente. Parecían haber hecho un pacto mudo para tratar de dejar que el pasado se enterrara poco a poco sin interponerse entre ellos.

Tratando de obviar la nueva información que ahora Daniel sabía, retomaron sus caricias donde las habían dejado en aquel sofá.

Y lo cierto es que comenzaron a pasar los días enteros juntos, enamorándose poquito a poco como dos adolescentes vírgenes de dolor y de corazones rotos.

Aquel larguísimo verano en el que tantas cosas habían sucedido en sus vidas llegaba a su fin. Daniel debía regresar a Irlanda.

Había tenido ciertas noticias de Michelle a lo largo del verano, aunque muy poca cosa. Al final no le habían aceptado en la universidad de Dublín, de modo que seguiría viviendo en Limerick, en la misma casa.

Ella hablaba animada de su próximo reencuentro. Pero Daniel ya no quería estar con ella...

Guardaba muy buen recuerdo, y le dolía imaginar cómo iba a explicarle a Michelle que las cosas ya no podían ser como antes, pero el vínculo que había creado con Ana era demasiado fuerte.

Por otra parte, tampoco sabía qué es lo que iba a pasar con Ana si él se iba y ella se quedaba en España.

Ana también había pensado en el tema. No le costó mucho verlo todo claro. En España no tenía nada que le atase.

Su trabajo le daba igual y no quería tener que volver a separarse de alguien que le estaba empezando a importar tanto.

Había sufrido demasiadas despedidas dolorosas en menos de un año y parecía que cada vez que aparecía alguien que le ayudaba a curarse las heridas, la vida se lo arrancaba de las manos.

Y esta vez no iba a permitir eso.

Era una cálida noche y la brisa mecía el pelo de Ana, acariciándole los hombros. Habían estado tomando algo con los amigos y volvían caminando tranquilos hacia sus casas.

Por las calles se oía mucha alegría veraniega, salía música de los bares, las terrazas estaban llenas de gente y muchas familias paseaban aprovechando las únicas horas frescas del día.

Se respiraba paz y alegría en el ambiente. Pero Ana y Daniel no podían contagiarse de aquello, pues estaban inquietos. Por fin tuvieron esa conversación que se hacía necesaria.

—Ana. Dentro de poco sale mi vuelo a Irlanda. Me gustaría que fuera más tarde, pero como en junio me lo compré de ida y vuelta ya no puedo cambiarlo.

—Ya, lo imaginaba. Daniel cogió aire antes de seguir.

—Cuando me vaya. ¿Qué... qué va a pasar? No quiero separarme de ti, Ana. —Ya lo sé. Yo tampoco quiero, Dani. —A Ana se le hizo un nudo en la garganta.

No se atrevía a decir lo que tenía pensado por miedo a recibir un «no» por respuesta. Pero tenía que intentarlo:

—He estado pensando que en realidad yo... Yo tampoco tengo ahora nada aquí que me haga quedarme.

Hizo una pausa para ver cómo reaccionaba Daniel, y al ver que a éste se le encendía una sonrisa en la cara, prosiguió:

—¿Y si me fuera contigo a Irlanda? O sea, sé que está la francesa en esa casa y que no deberíamos vivir ahí, pero quizás podríamos... Daniel le interrumpió, dando saltos de alegría:

—¡¡Sí!! ¡Por supuesto que sí! ¿Harías eso por mí? —¡Pues claro! —¡Pues no digas más! ¡Te vienes conmigo a Irlanda!

Y unos días más tarde ahí estaban, en el aeropuerto con las maletas a los pies. Dispuestos a dar un nuevo giro a sus vidas.

Dispuestos a no dejar que esta vez las cosas les salieran mal. Dispuestos a enfrentarse a sus fantasmas juntos y a limpiar de la mano todo su pasado.

Para pasar los primeros días en Limerick hasta que encontraran un piso que alquilar, habían reservado una habitación en un hostal.

Pero tenían que pasar por la anterior casa de Daniel para recuperar todas las cosas que había dejado allí.

Daniel se lo había contado todo a Mike, pero no sabía si él se lo habría dicho a los demás. Ni siquiera sabía si los demás habían vuelto ya a la casa tras el verano.

Así que cuando entraron en la casa no sabía con qué se iba a encontrar.

Dejó a sus pies las maletas vacías que se habían llevado para la mudanza y se sacó las llaves del bolsillo.

Ana le dio un beso. Le sujetó la mano con la que iba a abrir la puerta y se quedó un momento pensativa, antes de decirle:

—¿Sabes? Al final creo que no hemos tenido tan mala suerte. Me parece que la vida ha hecho que nos crucemos en el momento preciso en que debíamos cruzarnos.

Hizo otra pausa y los dos sonrieron. —Adelante, Dani, vamos a cerrar también este capítulo. Daniel le devolvió el beso, abrió la puerta y recogió las maletas.

La entrada en la casa fue sin duda mucho más apoteósica de lo que ambos habían imaginado.

En el momento en que Daniel abría la puerta, Michelle comenzaba a bajar las escaleras, que estaban justo enfrente de la entrada.

Nada más verle su cara se iluminó con una enorme sonrisa y bajó corriendo mientras gritaba su nombre: —¡¡Dani!! ¡¡Dani!! ¡Has vuelto!

Pero a él se le cayeron las maletas y el alma a los pies. Y es que aún no sabía cómo iba a explicárselo todo.